“Aquí la guerra no ha parado”, con esa frase empieza a describir el Catatumbo monseñor Israel Bravo Cortés, obispo de la Diócesis de Tibú, tras 365 días después de enfrentamientos entre las disidencias del Frente 33 de las Farc y el Eln en esta subregión de Norte de Santander.
El obispo de Ocaña, monseñor Orlando Olave Villanoba, resume este año como “una situación de profundo dolor, decepción. Es un territorio que merecería tener una oportunidad para vivir en paz en medio de todas las potencialidades que tiene”.
Los dos representantes de la Iglesia católica han tenido que enfrentar en sus territorios la más grave situación humanitaria nunca antes documentada en el país, “más de 90 mil desplazados”, de acuerdo al último boletín del Puesto de Mando Unificado del departamento, encargado del seguimiento y monitoreo.
En los últimos doce meses, Tibú y Ocaña han compartido las mismas tragedias: muertes, desplazamientos, ataques y secuestros. Pero también están unidos en el mismo clamor, que vuelva la paz y la tranquilidad para los catatumberos.
Un año después
Monseñor Israel Bravo hace pocos días visitó Filo El Gringo en El Tarra, la zona más afectada en los últimos meses de esta ‘guerra sin sentido’ como él la califica. Durante el recorrido junto con los integrantes de la comisión humanitaria caminaron las calles y evidenciaron de primera mano los estragos de la confrontación a muerte que sostienen estos grupos armados bajo la consigna, “uno de los dos debe desaparecer”.
Junto con la defensora del Pueblo, Iris Marín, fueron testigos de los más testimonios de la guerra, vieron las casas destruidas por los ataques con drones, las familias huyendo ante las amenazas y las viviendas quedar abandonadas, “escenas como los primeros días de enero del 2025”.
Bravo Cortés lleva cuatro años recorriendo el Catatumbo, atendiendo a las comunidades, pero en especial visitando “la periferia”, las zonas alejadas a la curia diocesana en Tibú. Sin embargo en el último año todo ha cambiado, según sus palabras “un tiempo de mucho dolor y sufrimiento para muchas familias. En los primeros años habían sido de relativa calma. Se podía transitar con más facilidad, se podía hacer trabajo en horas de de la noche, en las diferentes veredas. En este último año pues todo eso ha cambiado, “nuestro trabajo pastoral se ha visto afectado”.
Frente a la realidad que viven las comunidades en los cascos urbanos y rurales, el jerarca católico no es optimista, “Uno no quisiera decir que la guerra se normalizó, pero cuando usted ve que los drones se vuelven el pan de cada día, que las casas quedan destruidas, que las fincas quedan abandonadas, que los campesinos no se pueden mover con tranquilidad, pues no se encuentran otras palabras para decirle a la gente, oiga, ustedes se olvidaron de la realidad que tenemos, se olvidaron de las situaciones que estamos viviendo”.

Cuestiona los discursos de algunos representantes del Gobierno nacional cuando visitan la región y entregan balances sobre la situación del Catatumbo, “es doloroso que salgan a decir tenemos controlado el 70, 80, 90% del territorio cuando uno siente y no solamente lo siente, sino sigue recibiendo gente desplazada de una vereda, de un corregimiento, familias que siguen siendo amenazadas. Entonces, aquí la guerra no ha parado”.
El obispo es claro es decir que no se volvieron a registrar 80 muertos en un día, “que no salieron 70 o 80 mil personas desplazadas en un día. Eso no eso no ha vuelto a suceder. Pero hoy en Cúcuta hay 2000 personas desplazadas del Catatumbo, de Pachelli, de Versalles, de Filo el Gringo, de todo este corredor donde la guerra se ha intensificado en los últimos meses”.
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Sostiene que no todo el Catatumbo sufre los estragos de la confrontación, “habrá lugares donde un poco menos se siente esa guerra, pero la tensión, la zozobra y el miedo caminan por todos los rincones de esta tierra con tanta riqueza y gente pujante”.
Panorama en Ocaña
Monseñor Olave tiene a cargo la provincia de Ocaña y algunos municipios de Cesar, reconoce que es doloroso que durante el 2025 no se haya llegado a caminos de reconciliación, “son tiempos de tristeza y decepción que en medio de la bondad de las personas y la riqueza agrícola se imponga el dolor y el sufrimiento”.
Subraya que el panorama de la región también se convierte en un desafío para la Iglesia, “hemos estado presentes y seguimos estando presentes en los territorios porque las comunidades merecen el acompañamiento. “Nos duele enfrentar esta realidad como servidores del Señor, pero hay gente que decide quedarse, permanecer, y ellos nos necesitan”.
La autoridad católica en la zona reconoce que violencia responde a una situación estructural, que a veces no resulta fácil de comprender, “el Catatumbo es un punto estratégico para los grupos armados, donde evidenciamos marginación y pobreza en muchas comunidades. También está el fenómeno del narcotráfico, el contrabando y otras actividades ilícitas que generan intereses económicos para estos grupos, quienes defienden estas ganancias por encima de la paz”.

Señala que la principal preocupación es la muerte de jóvenes de la región, hijos e hijas de campesinos, y el aumento de la violencia. “Se hace un llamado a los actores armados para que humanicen el conflicto, saquen a la sociedad civil y busquen alternativas para construir la paz. Hemos visto la falta de respeto por los no combatientes, las comunidades y el personal médico, quienes también han sido blancos de ataques”.
¿Hay voluntad de paz?
Uno de los constantes cuestionamientos al Gobierno nacional son los resultados de la denominada ‘paz total’, para los jerarcas de la Iglesia católica en el Catatumbo hay mínimos avances y más reparos.
Para el obispo de Ocaña no se debió prorrogar la Zona de Ubicación Temporal – ZUT en Tibú, “no es saludable que un gobierno siga prorrogando espacios cuando no hay una voluntad real de paz o gestos concretos de paz por parte de estos grupos. La ‘paz total’ no puede ser simplemente la concesión de libertades a ciertos grupos mientras la violencia persiste”.
Monseñor Israel Bravo sostiene que el camino es dejar que las armas sean las que hablen en los territorios. “sentarnos a dialogar con los grupos es la mejor opción, pero en estos momentos las condiciones dificultan un acuerdo porque hay una fuerte confrontación. Estamos llamando al cese y a una salida pacífica”.
Los dos jerarcas coinciden que el Gobierno debe reactivar las mesas de negociación con estos dos grupos que tienen esta alta incidencia en estas zonas, porque militarmente traería más dolor y sufrimiento, “se requiere una política de paz que supere los intereses políticos y partidistas. Donde todo el Estado y la sociedad civil puedan participar, con el objetivo primordial de vivir sin balas y para ello cuenta con nuestra ayuda”, aseguró Olave Villanoba.
Presencia institucional
Para enfrentar la crisis fue declarada una Conmoción Interior, situación que trajo visitas desde el presidente Petro, ministros y altos funcionarios de entidades del orden nacional para atender y buscar alternativas inmediatas para una región que por años ha recibido más anuncios y promesas que verdaderas soluciones.
“Hay una deuda histórica con el Catatumbo que no es de ahora, sino de hace mucho rato que han tratado de irse cubriendo pero de manera muy lenta. Tenemos unas vías que no funcionan; una educación que cojea, por la falta de profesores y otros que abandonan las escuelas ante los estragos de la guerra”, indicó monseñor Israel Bravo.

Para el líder católico más que anuncios de proyectos se necesita voluntad, “la gran dificultad es que estos son caseríos a veces que la gente considera pequeños porque viven 2000, 5000, personas, pero en el Catatumbo tranquilamente puede haber unos 350.000 habitantes o un poco más, pero como que eso como no es significativo para el resto del país. Siento que hay que ponerle más ojo, más cariño y sobre todo más deseos de transformar este territorio. Porque a veces nos llenamos de muchas promesas, de buenos propósitos, de buenas intenciones, pero como solían decir las abuelas de buenas intenciones está lleno el infierno”.
¿Qué viene para el Catatumbo?
El panorama no es nada alentador a un año de las confrontaciones, en zonas rurales persiste el miedo de un ataque con dron, el temor de quedar en medio de los enfrentamientos, de ser víctima del secuestro en la vía Cúcuta – Tibú – Ocaña. Sin embargo, los representantes católicos invocan la fe en Dios y esperan un cese de las hostilidades y una tregua entre estos grupos.
“Más que visitas protocolarias, se requiere la decisión permanente y constante de invertir con ganas, con juicio y orden, porque eso a ratos no siente, ni ve”, indicó monseñor Bravo Cortés.
Por su parte, el obispo de Ocaña pidió “unir todos los esfuerzos para lograr las transformaciones que necesita esta región, somos todos bajo un mismo propósito, un Catatumbo en paz”.
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