El nororiente colombiano, que ha tenido una marcada influencia de la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (Eln), registra graves alteraciones de orden público en los que ha habido ataques con explosivos, secuestros, el asesinato de policías, intimidaciones, amenazas de bomba, banderas y grafitis, en coincidencia con el 59 aniversario de ese grupo armados y de la entrada en vigencia de la anunciada tregua.
Norte de Santander vivió un martes 4 de julio de muerte, miedo y zozobra. Horas después ocurrió lo mismo en Arauca y posteriormente en Bucaramanga, teniendo todo esto efectos sobre la población civil, que de por sí ya anda presa del pánico a causa de la creciente inseguridad ciudadana.
¿Por qué razón hay que utilizar esos mensajes guerreristas para causar más desestabilización de zonas como estas en Colombia? El terrorismo en todas sus expresiones tiene que ser desactivado de nuestro país que ha vivido por décadas en medio de un conflicto incesante que no ha llevado a ninguna parte.
Esta organización subversiva, nacida al calor de la revolución Cubana en 1964, cuenta con casi 5.000 combatientes, deja un mensaje equivocado al país y a estas regiones donde se ha hecho fuerte, porque desató esa clase de sucesos para después anunciar que entre el 6 y el 3 de agosto cesa todas la actividades militares ofensivas, como preámbulo a la tregua de seis meses pactada con el Gobierno Nacional
Es un extraño proceder que deja la sensación de querer hacerse sentir para decirles a los colombianos tanto en esta región fronteriza con Venezuela -donde hace fuerte presencia- así como en otros lugares del territorio nacional que sigue siendo un monstruo que hace mucho daño y todavía pisa fuerte y que no se desharán tan fácilmente de él.
Y en medio de todos estos acontecimientos se queda uno pensando sobre el por qué la comunidad internacional con sus organizaciones multilaterales como la ONU y la OEA no emiten contundentes condenas, le exigen el respeto al Derecho Internacional Humanitario y le advierten las consecuencias por esas violaciones.
Una cosa son los aplausos, los mensajes de festejo y las fotos de la ceremonia en que se anunció la fecha del cese bilateral del fuego de seis meses, y otra muy distinta la componen los riesgos de aprender de procesos anteriores, como el de las Farc, por ejemplo, para evitar caer en repeticiones.
Hay que reclamarles a los verificadores que estén muy atentos para que todo no termine siendo un ‘premio para el fortalecimiento político-militar y de posicionamiento territorial’, puesto que las regiones como Norte de Santander terminarían sufriendo en la economía, en la seguridad y en las condiciones sociales de la población.
Y hay que exigirles a la Policía, el Ejército y el Gobierno Nacional que sean inflexibles frente a los incumplimientos y que de paso también atiendan los pedidos de los nortesantandereanos para que se refuerce el pie de fuerza, se combata la impunidad y se inyecten recursos para las inversiones en planes contra la inseguridad.
Sin descartar que la estrategia política es una opción válida para desactivar viejos conflictos internos como el colombiano, no es menos cierto que se debe mostrar la fortaleza militar, judicial e institucional para mostrarle a la contraparte que el Estado no claudicará ni será inferior a la defensa de la vida, honra y bienes de sus conciudadanos.
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