Con la cinta de capitán en el brazo y una medalla de campeón colgada en el pecho, Simón Rojas se convirtió en uno de los rostros más representativos de la Selección Colombia Sub-17 que conquistó el Sudamericano en Paraguay tras derrotar 4-0 a Argentina.
Pero mucho antes de las cámaras, los estadios llenos y las entrevistas nacionales, hubo una historia silenciosa que comenzó lejos de Medellín, la ciudad donde nació, y mucho más cerca de las canchas de Cúcuta, donde empezó realmente su vida en el fútbol.
A sus 17 años, Simón no solo destaca por su nivel futbolístico como volante mediocentro de Atlético Nacional y líder de la Tricolor juvenil. También llama la atención por la madurez con la que habla, la disciplina con la que entrena y la claridad con la que entiende lo que representa vestir la camiseta de Colombia.
Y en medio de ese presente que hoy lo proyecta como una de las promesas del fútbol nacional, hay una frase que él mismo destaca cada vez que le preguntan por sus raíces “Para la vida nací en Medellín, pero para el fútbol nací en Cúcuta”.
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La ciudad donde empezó todo
Aunque Simón Rojas nació en Medellín en 2009, sus raíces siempre estuvieron conectadas con Cúcuta. Sus padres, Melany Merchán y su esposo, son oriundos de la capital nortesantandereana, una ciudad a la que la familia regresó cuando él apenas tenía tres años y medio. Sin saberlo, ese viaje terminaría marcando el inicio de la historia futbolística de Simón.
“Cuando llegamos con el trasteo, yo empecé a sacarle los juguetes y él siempre decía: “mamá, no saques los carritos, solamente los balones porque yo lo que quiero es jugar fútbol’, recuerda su mamá, Melany Merchán.
Desde entonces, el balón empezó a ocupar el centro de sus días. Su familia buscó una escuela de formación y encontraron a Quinta Oriental, semillero tradicional del fútbol en la ciudad. Allí apareció Elkin Uribe, uno de los primeros entrenadores que vio en ese niño algo diferente.
“Era consagrado. Un muchacho que merecía todo”, recuerda Elkin. “Aquí colocaba el balón en el cuadro de la canasta de baloncesto y repetía una y otra vez los ejercicios hasta hacerlos perfectos. Siempre quería mejorar”.
En Quinta Oriental no solo aprendió a jugar. También empezó a moldearse el carácter que hoy lo tiene liderando la Sub-17.
Simón entrenaba mientras otros niños descansaban. Se obsesionaba con perfeccionar las dominadas. Se quedaba hasta tarde intentando completar retos que él mismo se imponía. “Me daban las 12:00 de la noche contándole las series porque él quería llegar sí o sí a las 50 dominadas”, cuenta su mamá entre risas. “Y al inicio llegaba a 48, se le caía el balón y volvía a empezar una y otra vez hasta lograrlo”.
El niño que soñaba despierto
Mientras otros niños hablaban de caricaturas o videojuegos, Simón pasaba horas viendo videos de fútbol, aprendiendo movimientos, estudiando posiciones y preguntando cómo podía mejorar. Primero jugó como interior, después como defensa central y finalmente encontró su lugar como volante mediocentro.
“Yo sentía que esa era mi posición”, cuenta. “Ahí es donde mejor me desenvuelvo”. Pero más allá de lo técnico, quienes lo rodeaban empezaron a notar otra cualidad, el liderazgo. No necesitaba levantar la voz para hacerse escuchar. Lo seguían por disciplina, por entrega y por la manera en que entendía el juego colectivo.
“Lo que más me enorgullece de Simón es su capacidad para unir al grupo”, dice Melany.
“Tiene esa habilidad de hacer familia con sus compañeros”. Ese liderazgo hoy lo acompaña incluso en la Selección Colombia. Durante el Sudamericano Sub-17, Simón se convirtió en una de las voces más visibles del equipo, especialmente tras la final contra Argentina y la polémica que surgió después de las declaraciones de algunos jugadores rivales.
“Nosotros siempre fuimos respetuosos”, respondió el capitán colombiano. “La cancha no miente. Ahí es donde hablamos”.
El salto que cambió todo
El gran punto de quiebre llegó cuando Atlético Nacional puso los ojos sobre él durante un torneo en Medellín organizado para escuelas filiales. Simón tenía nueve años cuando llamó la atención de los veedores del club antioqueño. La decisión no era sencilla. Mudarse nuevamente significaba cambiar la vida completa de la familia.
“Fue un tiro al aire”, recuerda su mamá. “Porque uno no sabe si realmente se va a dar. Pero él nos dijo: ‘Apuesten por mí que no los voy a defraudar’”. Y no lo hizo.
La familia dejó atrás la estabilidad en Cúcuta para comenzar una nueva etapa en Medellín. Su hermana cambió de colegio, su papá tuvo que permanecer por temporadas en otra ciudad y las dinámicas familiares se transformaron alrededor del sueño futbolero de Simón.
“Las vacaciones desaparecieron”, cuenta Melany. “Todo giraba alrededor de entrenamientos, torneos y viajes”. Pero el sacrificio empezó a dar resultados. En Nacional fue campeón con Antioquia, ganó torneos juveniles y comenzó a mostrarse como uno de los talentos más prometedores de su categoría.
Un corazón dividido entre Medellín y Cúcuta
Aunque hoy vive en Medellín y def iende los colores de Atlético Nacional, Simón no olvida en dónde empezó su sueño. Todavía conserva amigos en Cúcuta. Habla con cariño del colegio Calasanz donde estudió en su primaria, también de Quinta Oriental y de los torneos que jugó en la ciudad.
Incluso admite que parte de su identidad quedó marcada por esos años. orígenes, Cúcuta aparece inevitablemente en la conversación. “La gente me dice que soy cucuteño por el acento”, cuenta entre risas. “Y la verdad me siento mitad y mitad”. Por eso, cada vez que menciona sus orígenes, Cúcuta aparece inevitablemente en la conversación.
“Me siento orgulloso de que la gente allá se sienta reflejada en mí”, asegura. Mientras el país empieza a ilusionarse con esta nueva generación del fútbol colombiano, en una cancha de Quinta Oriental todavía hay niños entrenando bajo los mismos arcos donde alguna vez un pequeño llamado Simón Rojas repetía ejercicios hasta el cansancio. Allí, entre balones desgastados, viajes interminables y sueños imposibles, empezó la historia del capitán que hoy hace celebrar a Colombia.
El capitán de Colombia
En Paraguay, durante el Sudamericano Sub-17, Simón vivió uno de los momentos más importantes de su vida. Incluso celebró su cumpleaños número 17 concentrado con la selección.
“Fue el sueño de mucha gente y a nosotros se nos hizo realidad”, recuerda sobre el título. La final frente a Argentina terminó convirtiéndose en un partido histórico para Colombia. El 4-0 no solo sorprendió por el marcador, sino por la contundencia con la que la Tricolor superó a uno de los gigantes del continente.
Para Simón, uno de los recuerdos más especiales ocurrió precisamente en la jugada del cuarto gol, cuando recuperó el balón en mitad de cancha y participó en la acción definitiva del partido.
“Cuando pita el final y sabemos que somos campeones… creo que ese será uno de los recuerdos más lindos de mi vida”, admite.
Pero detrás de cada partido también hay una batalla mental. Cuando el cansancio aparece, Simón tiene una rutina particular. “Me digo: hazlo por tu mamá, por tu hermana, por todos los que creen en ti. Ahí es donde uno saca fuerzas”.
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