Hay problemas que coloquialmente se dice que envejecen mal y terminan siendo una parte del panorama nacional y departamental, teniendo hasta balances y proyecciones, que hacen ver la urgencia de emprender unas batallas más novedosas desde todos los frentes.
Si sabemos -por ejemplo- que a Colombia y Norte de Santander llegan cigarrillos de contrabando provenientes de Emiratos Unidos, Uruguay y Corea del Sur, deberían escalarse acciones hasta de tipo diplomático para intentar hacerle frente a ese inconveniente que por décadas hemos padecido.
Los matutes de esa clase de producto se hicieron famosos primero en La Guajira y después se extendieron a todo el país, teniendo un peligroso vaso comunicante con las organizaciones dedicadas al tráfico de estupefacientes.
En esto nos encontramos con otra peligrosa arista de este multimillonario negocio que pasó a convertirse en una de las tantas maneras para lavar dinero proveniente del tráfico de sustancias psicoactivas en el país.
Este mundo de la comercialización ilegal de cigarrillos sigue en crecimiento, generándoles inconvenientes a las siempre menguadas finanzas de los departamentos que año tras año advierten como se esfuman miles de millones de pesos por concepto del impuesto de consumo que se deja de percibir.
Las cantidades no son cualquier cosa, resultan siendo muy altas, como le ocurrió el año pasado a Norte de Santander que prácticamente perdió $96.200 millones por culpa de ese delito que tiene un movimiento gigantesco en el mercado departamental y que se ofrece en las calles a la vista de todos.
En el orden nacional la situación tampoco resulta siendo menos impactante, puesto que en los doce meses de 2022 ese negocio ilícito de cigarrillos dejó un ‘hueco financiero’ equivalente a los 909.000 millones de pesos.
Si nos fuéramos solamente por el sendero de las cifras y su negativo efecto sobre las arcas departamentales, resultaría siendo un indicativo que marcaría nota negativa, puesto que es un reflejo de la persistente inefectividad de las operaciones para derrotar ese mal endémico.
Debemos admitir que el contrabando -de cigarrillos, licores y otros productos- se nos convirtió en un escurridizo enemigo que acecha, ataca, se lleva cuantiosas sumas de dinero, afecta el empleo, golpea la industria, deteriora los ingresos rentísticos y es una plataforma preferida para darle la vuelta a los famosos dineros calientes del narcotráfico.
Hay un par de mediciones que sirven para demostrar la fuerte incidencia que provoca el hecho de fumarse un cigarrillo de contrabando.
Uno, tiene que ver con las cantidades que se manejan en territorio nortesantandereano. El hecho de que en un solo operativo se haya logrado 3.642 cajetillas, que estaban en una bodega en Cúcuta, señala los altos movimientos que se hacen de esta mercancía para competir de manera ilegal en el mercado local. El Observatorio de Registro y Control Anticontrabando, precisó que el año pasado se incautaron 34.488 cajetillas de cigarrillos ilegales en Cúcuta y Villa del Rosario.
Y el otro aspecto es que el 83 por ciento de los consumidores de esa clase de cigarrillos los adquieren al menudeo en tiendas de barrio por ejemplo, mientras que también se consiguen al por mayor en áreas céntricas.
Sin duda que se tiene que seguir fortaleciendo la cooperación internacional entre las aduanas al tiempo que atacar las zonas donde se nutre la entrada de estos matutes, al igual que vigorizar la inteligencia y que la Policía Fiscal y Aduanera cuente con más unidades y hasta una unidad dedicada a esta acción, tal vez hasta financiada por los departamentos porque las arcas tienen que ser puestas a salvo de la ‘infección financiera del contrabando’.
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