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Diócesis de Cúcuta: otros obispos (2)
Continuamos con la gestión del obispo Pedro Rubiano Sáenz como tercer prelado de esta diócesis.

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La opinión
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Sábado, 21 de Febrero de 2026

Continuamos con la gestión del obispo Pedro Rubiano Sáenz como tercer prelado de esta diócesis.

Decíamos en la crónica anterior, que consideramos personalmente, “(…) que la gestión del obispo Rubiano estuvo más enfocada a lo social y comercial que a los asuntos de la fe, en los que sus antecesores hicieron todo lo posible por complementar, sin dejar mucho que hacer a su sucesor”.

Terminada la construcción del nuevo Palacio Episcopal de Cúcuta y trasladadas sus oficinas al barrio San Rafael, se comenzó la edificación del Centro comercial Centro Plaza en el sitio donde antes de levantaba el Palacio de la Curia, en la esquina noroccidental de la intersección de la calle once y la avenida cuarta.

Se lee en las publicaciones de la época que durante el fecundo episcopado de monseñor Rubiano, se construyó el espléndido edificio del Centro Plaza, en el lote posterior que era de propiedad de la parroquia de San José. Buena parte del financiamiento de la construcción estuvo a cargo de la Corporación Financiera del Oriente S.A. quien adquirió, sobre planos, los cuatro pisos superiores de la torre principal de ocho pisos.

Era época de bonanza, por lo tanto, la consecución de los recursos para terminar la obra, cuya dedicación era de exclusivo uso comercial, fue sencillamente fácil, debido al interés de las firmas comerciales de adquirir locales dentro del área más comercial de la ciudad.

Sin embargo, lunares deslucen la labor del prelado en tanto se trata de mostrar el lado positivo de su apostólica gestión en desarrollo del proyecto de construcción del centro comercial Centro Plaza, pues su mediación para lograr la entrega de los locales tuvo las mismas dificultades que cualquier otro proyecto en las que hasta se invoca la intervención divina para lograr que éstos sean entregados sin mayores problemas.

La verdad es que los tenedores de la mayoría de los locales que mantenían en arriendo, tanto por la calle once como por la avenida cuarta, según me comentaron algunos de ellos, aceptaron la oferta que les proponía la constructora, con el visto bueno del propietario, el compromiso de entregarles, una vez construido el edificio, un local en condiciones similares al que habían entregado previa la iniciación de la obra.

El costo total de la obra fue de 140 millones de pesos financiados enteramente con la venta sobre planos de todos los componentes del inmueble, dejando por fuera del “negocio” a los anteriores arrendatarios a quienes les incumplieron el compromiso adquirido, me dicen de buena fe y sin mediar documentos firmados, toda vez que se atuvieron a la palabra del obispo, de quien no presagiaron que podría incumplir su “sagrada” palabra.

Este inteligente y oportuno paso del obispo convirtió a la Diócesis de Cúcuta en una de las mejores dotadas económica y financieramente  del país. Con el producto de sus rentas son atendidas diversas obras sociales y se subsidia a numerosas parroquias pobres de la región. Monseñor Rubiano estuvo al frente  de los destinos de este episcopado hasta mayo de 1983, cuando fue promovido como Administrador Apostólico de Popayán y luego Arzobispo Coadjutor de Cali.

El 27 de diciembre de 1994 fue designado Arzobispo de Bogotá por el Papa Juan Pablo II y tras el fallecimiento del cardenal Primado de Colombia Mario Revollo Bravo asumió el cardenalato el 11 de febrero de 1995. Al cumplir la edad de jubilación en 2010 se retiró siendo nombrado Arzobispo Emérito de Bogotá.

El cuarto obispo de la ciudad fue monseñor Alberto Giraldo Jaramillo, nacido en la ciudad de Manizales en 1934 y ordenado sacerdote el 9 de noviembre de 1958. Dieciséis años más tarde sería elevado a la jerarquía episcopal y nombrado obispo auxiliar de Popayán. El Papa Pablo VI lo designó, en 1977  como primer obispo de Chiquinquirá hasta que en 1983 fue designado obispo de Cúcuta, según Bula Papal expedida el 26 de julio.

Simultáneamente tuvo que desempeñarse como administrador diocesano de Arauca, después del asesinato del obispo de ese territorio, Jesús Emilio Jaramillo.

El nuevo prelado tuvo la fortuna de encontrar una diócesis sin mayores dificultades económicas, por el contrario, el buen manejo financiero de su antecesor le permitió dedicarse a trabajar un proyecto de vivienda para los empleados de la diócesis, en un sector contiguo al Seminario cuya sede está localizada en el sector de Aguas Calientes de la ciudadela de La Libertad.

Ese plan de vivienda orientado a suplir las necesidades habitacionales de los empleados civiles de la Curia Diocesana de Cúcuta se llamó Urbanización Monseñor Pérez Hernández.

Consolidado el Seminario Menor como instituto de educación media, el obispo Giraldo Jaramillo se dio a la tarea de impulsar la creación del Seminario Mayor Diocesano, para lo cual dedicó gran parte de sus esfuerzos, logrando iniciar las operaciones de construcción en 1986, lamentablemente no pudo continuar en su cargo para ver culminado su proyecto, toda vez que fue trasladado a Medellín en febrero de 1997 y en junio de ese mismo año recibió el palio de manos del Papa Juan Pablo II, en la ciudad de Roma.

El quinto obispo de Cúcuta fue monseñor Rubén Salazar Gómez. Nacido en Bogotá en 1942 y ordenado sacerdote el 20 de mayo de 1967, se desempeñó como párroco y capellán en diversas instituciones educativas así como director espiritual y profesor de Sagradas Escrituras.

El 11 de febrero de 1992 el Papa Juan Pablo II lo nombró obispo de Cúcuta, consagrado como tal el 26 de marzo, tomó posesión canónica el 28 del mismo mes. Al frente de la diócesis estuvo hasta 1999, cuando fue nombrado Arzobispo de Barranquilla por el mismo Papa Juan Pablo II y luego Arzobispo de Bogotá en 2010 nombrado por el Papa Benedicto XVI.

El 24 de octubre de 2012 Benedicto XVI lo elevó a la jerarquía cardenalicia con el título de Cardenal Presbítero de San Gerardo Maiella.

En 2017, tal como lo establece el Código de Derecho Canónigo presentó su renuncia por razones de edad, sin embargo, sólo le fue aceptada por el Papa Francisco, el 25 de abril de 2020.


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