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Diócesis de Cúcuta: otros obispos (1)
En este caso particular, recordaremos a los tres obispos que le siguieron en su prelatura a monseñor Luis Pérez Hernández, primer obispo de la diócesis de Cúcuta.
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La opinión
La Opinión
Sábado, 14 de Febrero de 2026

En años anteriores les había escrito sobre nuestro primer obispo que al igual que muchos primeros hechos es necesario conocer y divulgar. Sin embargo, siempre llama la atención que lo sucedido a continuación no se le otorgue la misma importancia. Es la razón por la cual durante el recorrido de la historia, realizado a través de estas crónicas, se busca darle continuidad a las ejecutorias que siguieron luego de estas primeras veces.

En este caso particular, recordaremos a los tres obispos que le siguieron en su prelatura a monseñor Luis Pérez Hernández, primer obispo de la diócesis de Cúcuta. Llama la atención que varios de quienes ejercieron esa prelatura hayan sido elevados a la jerarquía siguiente y nombrados arzobispos, como si la condición para tal nominación haya sido ser anteriormente, obispo de esta ciudad.

Fallecido monseñor Pérez Hernández, en la ciudad de Bogotá, el 28 de mayo de 1959, a la edad de 64 años y luego de ejercer su dignidad durante los últimos tres años de su vida.

Dice el historiador Leonardo Molina Lemus en el documento Patrimonio Cultural de Norte de Santander, que “(…) para llenar la sede vacante, la Curia Romana designó a monseñor Pablo Correa León, cuya posesión se realizó el 13 de septiembre de 1959”.

Este obispo que al igual que su antecesor se había desempeñado como Auxiliar de la Arquidiócesis de Bogotá, fue nombrado mediante Bula Papal firmada por su Santidad Juan XXIII, el 22 de julio anterior, en la residencia veraniega de Castelgandolfo. Mientras se esperaba la posesión del nuevo obispo, fue encargado de los asuntos diocesanos el entonces Vicario Capitular Daniel Jordán. Valga la pena recordar que el R.P. Jordán según se narra en la crónica sobre el primer obispo de Cúcuta, había sido considerado uno de los candidatos más opcionados a desempeñar esa dignidad pero que “(…)que su recio carácter y su espíritu combativo no eran bien vistos en El Vaticano y lo que se esperaba del nuevo pastor era una persona más calmada, de modales más diplomáticos y digamos que también de familia más renombrada, que no despertara mayores resistencias entre las élites dominantes y lo más importante, preferiblemente oriundo de la región de sus afectos”.

El nuevo obispo Correa León, dedicó sus esfuerzos a la construcción del seminario en el sitio llamado Los Cujíes que fuera inaugurado en 1965. Tuvo la fortuna de asistir a las sesiones del Concilio Vaticano II y poner en práctica, en su diócesis, las normas posconciliares sobre la participación de los fieles en la misa y demás ritos.

Promovió la iniciación de nuevas casas religiosas como las de las Hermanas Misioneras en San Luis, la Oblatas en Villa del Rosario y las Salesianitas en Cúcuta. Igualmente se propuso la tarea de crear nuevas parroquias que contribuyeran a la difusión de la fe, como fueron las de Las Angustias, San Juan María Vianney, Nuestra Señora del Carmen, San Juan Bautista y del Santísimo Redentor.

También se le debe a este obispo, la construcción de la residencia episcopal en el Barrio Colsag, en un lote de terreno donado por el Concejo Municipal y en donde hoy se levanta un lujoso edificio de apartamentos. Consiguió traer nuevamente a los Jesuitas, y con las organizaciones de laicos, como la Acción Católica, logró movilizar los primeros síntomas de ese renacer de la oración en medio de la delincuencia de la ciudad, según publicó en la prensa local el escritor José Luis Villamizar Melo.

Monseñor Pablo Correa León se vio obligado a renunciar, por motivos de salud en 1970. Murió a la edad de 63 años en Bogotá, en 1981.

El tercer obispo, fue nombrado el 2 de junio de 1971 por su Santidad Pablo VI. Su consagración tuvo lugar en la ciudad de Cali y asumió sus funciones como prelado en Cúcuta el 7 de agosto de ese año.

El nuevo obispo, según las crónicas de la época, estaba dotado de un inquieto temperamento y el primer problema que de inmediato le preocupó fue el de los deportados de Venezuela que le generaban graves dificultades a la ciudad, pues no regresaban a sus lugares de origen quedándose en ella y engrosando los cinturones de miseria que la rodean. De ahí surgió la idea de crear el Centro de Migraciones de la Diócesis, en donde reciben asistencia de tipo material como alojamiento y alimentación, así como vestuario, servicios médicos, medicamentos y trasporte a su lugar de origen y la colaboración para la reagrupación familiar, además de los servicios de atención espiritual y catequesis; el centro tiene capacidad para albergar 150 varones y 25 mujeres.

En lo personal considero que la gestión del obispo Rubiano estuvo más enfocado a lo social y comercial que a los asuntos de la fe, en los que sus antecesores hicieron todo lo posible por complementar, sin dejar mucho que hacer a su sucesor.

En este sentido son reconocidas sus obras, como la Casa Sacerdotal Emaús, creada para albergar a los sacerdotes ancianos, a los transeúntes y a aquellos que no tengan hogar en la ciudad. Al conmemorarse el centenario de la reconstrucción de la ciudad, logró con el aporte de la Nación por medio millón de pesos, el enlucimiento de la catedral, enchapando con piedra su fachada, además, pudo conseguir los recursos para construir el panteón, en la misma catedral, para sepultar los sacerdotes que fallecen al servicio de la diócesis.

Su obra más controversial, que aún perdura en la memoria urbana es la construcción del edificio de la Curia y la del Centro Comercial Centro Plaza.

Para dar paso a la construcción del centro comercial antes mencionado, fue necesario trasladar las oficinas de la curia al nuevo edificio que se construyó en el barrio San Rafael, frente a la estación sur del Ferrocarril de Cúcuta, que extrañamente a sobrevivido al embate del progreso. Para lograr la financiación de esta construcción, vendió el lote que el Concejo había destinado para edificación de un Palacio Episcopal y obtuvo la colaboración financiera de un grupo de católicos alemanes, según lo cuenta el padre Botero en su libro Breve Historia de la Diócesis de Cúcuta 1956 – 1981. La obra tuvo un costo de 5 millones de pesos y las oficinas de la curia se trasladaron a su nueva sede en enero de 1978.

Continuará en la próxima entrega…


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