Durante varios días, una inquietud persistente no dejó dormir a la hermana de Jesús Manuel Villasmil Chouri. Era un presentimiento imposible de explicar, pero propio de los lazos de sangre: algo grave estaba por sucederle al joven de apenas 20 años.
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A pesar de llevar casi cinco meses sin tener noticias de él ni conocer su paradero, la esperanza de volver a verlo con vida se desvaneció con la llamada de ayer, 13 de febrero. Una serie de mensajes y conexiones le mostraron nuevamente el rostro de su hermano: descuidado, pálido y sin vida.
Ese presentimiento le advertía que el desenlace de su secuestro, que durante casi medio año mantuvo a la familia en angustia, estaba cerca, pero no con el resultado que ellos deseaban. A través de grupos comunitarios del Catatumbo comenzó a difundirse la imagen que finalmente llegaría a sus manos.
Por ese medio informaban sobre el hallazgo de dos cadáveres a un costado de la vía del corregimiento Palmarito, en la zona rural de Cúcuta. La información llegó a una amiga de una de las hermanas de Jesús, quien no dudó en enviársela para que confirmara si se trataba de él.
Ella la compartió con la otra hermana, radicada en Cúcuta, quien finalmente confirmó que uno de los cuerpos era el de Jesús. Aunque su apariencia evidenciaba descuido y su piel lucía mucho más pálida, lejos de la tez morena que lo caracterizaba, no había duda: era él.
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El joven estaba tendido boca arriba, con una barba más crecida de lo habitual. Vestía una camiseta negra, jean gris y botas marrones completamente cubiertas de barro. De su boca emanaba sangre y la camiseta se había adherido a su torso debido al líquido que brotó de las múltiples heridas de bala que acabaron con su vida.
Debajo de él, entre sus piernas, yacía el otro cadáver. Vestía una camiseta tipo esqueleto azul oscuro, sudadera negra con rayas blancas y tenis azules. De apariencia joven, tenía barba de pocos días en el mentón. Al igual que Jesús, estaba embarrado y presentaba varios impactos de bala en el cuerpo. En el cuello tenía lo que sería una tela amarrada, presuntamente utilizada para cubrirle los ojos. Hasta el momento, su identidad no ha sido establecida y las autoridades esperan la aparición de sus familiares.
Por razones de seguridad, el levantamiento de los cuerpos estuvo a cargo de una funeraria que se trasladó hasta el sitio al mediodía para traerlos al centro de Cúcuta. Allí, la hermana de Jesús realizó la identificación formal y compartió con este medio la angustiante historia de los últimos meses.
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Historia de muerte
Jesús, oriundo del estado Zulia, en Venezuela, se trasladó hace nueve años junto a su madre y sus dos hermanas a Tibú. Era apenas un niño. Creció y vivió su adolescencia en Norte de Santander, hasta que en 2025 su vida cambió para siempre.
El fallecimiento de su madre tuvo un fuerte impacto en el joven, quien quedó severamente afectado a nivel emocional. Como una forma de distraerse y despejar la mente, le recomendaron empezar a trabajar. Así comenzó a laborar como jornalero durante algunos meses. Salía de casa y regresaba varios días después, tras cumplir con sus jornadas. Pero en agosto hubo un día en que no volvió.
Lo siguiente que supieron fue que había sido secuestrado por la guerrilla. El grupo armado se contactó con la familia con aparentes intenciones de liberarlo; sin embargo, siempre posponían la fecha y evitaban permitir una comunicación directa con él.
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Solo en una ocasión, en septiembre, su hermana logró hablar con él. Sería la despedida. Jesús le dijo que era la última vez que lo iba a ver y que “estaba bien”. No obstante, la joven presentía que era una mentira y que lo estaban obligando a pronunciar esas palabras.
Esa fue la última comunicación que tuvieron hasta el hallazgo de su cuerpo.
La familia, de escasos recursos, está dividida entre varios territorios: una hermana vive en Cúcuta junto a su pareja; otra reside en El Tarra; mientras que el resto permanece en su natal estado Zulia.
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