Enero arranca dejando una sensación difícil de ignorar, las festividades de Velitas, Navidad y Año Nuevo ya pasaron, pero los datos que arrojaron vuelven a poner en evidencia una constante: en Colombia, los espacios pensados para el encuentro y la celebración suelen estar marcados por hechos de violencia, pese a que algunos indicadores mostraron descensos frente al año previo, el cierre de 2025 volvió a demostrar que las celebraciones también vienen acompañadas de tensiones sociales.
Durante diciembre, la Policía Nacional reportó 48 homicidios en el país, una disminución cercana al 6 % frente al mismo mes de 2024, sin embargo, el dato pierde fuerza cuando se observa el panorama completo: más de 16.000 denuncias por riñas, alteraciones de la tranquilidad y conflictos familiares.
A lo anterior hay que sumarle más de 3.500 comparendos por comportamientos contrarios a la convivencia así como 5.953 capturas llevadas a cabo en el último mes del año, incluidas 269 por homicidio y 544 por porte ilegal de armas.
Las cifras muestran que, aunque hubo presencia institucional y control operativo, la violencia no desapareció, en el mejor de los casos, fue contenida.

Diciembre, una lupa social
Más allá de los números, diciembre funciona como un amplificador de tensiones acumuladas, para Víctor Hernández, docente del programa de Sociología de la Fundación Universitaria del Área Andina, las fiestas no generan la violencia, pero sí la hacen visible. “Las celebraciones exponen la forma como una sociedad gestiona el conflicto, en Colombia, la violencia está normalizada en la vida cotidiana y por eso emerge incluso en momentos que deberían estar asociados al encuentro”, explica.
El cansancio emocional de todo un año, las presiones económicas, las expectativas familiares difíciles de cumplir y los duelos no resueltos confluyen en un mismo periodo, en ese contexto, cualquier desacuerdo puede escalar con rapidez. Desde la sociología, diciembre se interpreta como una etapa de “catarsis colectiva”, en la que las normas se relajan y las emociones reprimidas durante meses salen a flote sin filtros.
El consumo de alcohol aparece como un factor transversal, en Colombia, beber sigue siendo un elemento central de la celebración, esa normalización reduce los límites, incrementa la impulsividad y debilita la capacidad de autorregulación, “existe la idea de que para disfrutar hay que beber, y esa expectativa social disminuye la posibilidad de frenar antes de agredir”, advierte Hernández.
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Un fenómeno que no se limita a las fiestas
Los hechos registrados en diciembre no son una excepción. Entre enero y septiembre de 2025, el país acumuló 10.220 homicidios, 320 más que en el mismo periodo del año anterior, aunque los asesinatos no se concentran exclusivamente en el último mes del año, sí se observa un aumento sostenido de riñas, lesiones personales y violencia intrafamiliar durante las festividades.
En diciembre se reportaron 5.146 casos de lesiones personales, una reducción cercana al 21 % frente al mismo mes de 2024, pero todavía en niveles elevados, mujeres, niños y jóvenes continúan siendo los más expuestos cuando el consumo de alcohol, la precariedad económica y las tensiones familiares coinciden en un mismo espacio.
A este panorama se suma un componente cultural persistente: modelos de masculinidad asociados a la imposición, la fuerza y la lógica del “no dejarse” siguen influyendo en la manera como se enfrentan los conflictos cotidianos. En escenarios de celebración masiva, estos imaginarios se legitiman y se reproducen con mayor intensidad.

Norte de Santander: contención sin ruptura del patrón
En el plano regional, Norte de Santander reflejó parte de esta dinámica nacional. De acuerdo con el balance entregado por el Departamento de Policía Norte de Santander (DENOR), durante diciembre se registró una reducción del 16 % en los delitos, así como descensos importantes en lesiones personales, extorsión y violencia intrafamiliar. Durante la celebración de Año Nuevo, el departamento no reportó homicidios, un dato que contrasta con otros periodos del año.
No obstante, el control institucional convivió con altos niveles de conflictividad, durante la noche de Año Nuevo, las líneas de emergencia y las zonas de atención recibieron más de 500 llamadas, principalmente por alteraciones de la tranquilidad y agresiones entre ciudadanos, muchos de estos casos fueron resueltos mediante mediación policial, sin imposición de comparendos, lo que evidencia que la violencia no siempre se expresa en hechos letales, pero sí en confrontaciones constantes.
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El uso de pólvora y el consumo de alcohol siguieron siendo factores de riesgo, aunque se registró una reducción de lesionados por pólvora, especialmente en menores de edad, los casos no se erradicaron por completo, la violencia, aunque contenida, continúa presente en la vida cotidiana del departamento.
Cúcuta: reducción en diciembre, aumento en el año
En Cúcuta, la lectura es aún más compleja, según el balance operativo de la Policía Metropolitana de Cúcuta (MECUC).
Durante 2025 se registró una reducción en la mayoría de los delitos de impacto, como el hurto a comercio, residencias y personas, sin embargo, la ciudad cerró el año con un aumento del 14 % en los homicidios, pasando de 291 a 332 casos.
Durante diciembre, no obstante, la capital nortesantandereana presentó una reducción en los homicidios frente al mismo mes del año anterior, al pasar de 43 casos en 2024 a 37 en 2025, el dato confirma que el último mes del año no concentró el incremento de la violencia letal, pero sí deja en evidencia que el problema es estructural y se distribuye a lo largo del calendario.

El comportamiento del área metropolitana fue desigual, mientras municipios como Villa del Rosario y Puerto Santander reportaron reducciones en homicidios, otros como Los Patios, El Zulia y San Cayetano registraron incrementos, este panorama fragmentado sugiere que la violencia responde a dinámicas locales específicas, asociadas a disputas territoriales, economías ilegales y conflictividades sociales no resueltas.
Una pregunta que persiste
El cierre de 2025 deja una lectura clara: la violencia que emerge en diciembre no es un accidente ni un desborde ocasional, es la expresión de tensiones sociales, culturales y emocionales que se arrastran durante todo el año y encuentran en las fiestas un escenario propicio para manifestarse.
Las cifras oficiales permiten dimensionar el fenómeno, pero no explicarlo por completo. Mientras la respuesta institucional logra contener, reducir o desplazar ciertos delitos, las causas profundas de la violencia —la intolerancia cotidiana, la normalización de la agresión y la dificultad para tramitar el conflicto sin recurrir a la fuerza— permanecen intactas.
Enero no solo marca el inicio de un nuevo año, también vuelve a abrir una pregunta que se repite tras cada temporada festiva: ¿por qué, en un país que celebra, la violencia sigue siendo parte del ritual?
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