Secreto de confesión
Don Eustoquio Quintero da cuenta del suceso creador de la leyenda, la fecha del 29 de mayo de 1769, y como protagonista al sacerdote Agustín Francisco del Rincón, quien desempeñó el curato desde 1768 hasta 1791, fecha de su muerte.
“Ocurrió que el cura de ese entonces fue sacado una noche, de su apacible reposo, por un campesino de los alrededores quien, con voz desesperada, suplicó que le acompañara a casa, donde su mujer esperaba agonizante el consuelo de la confesión. Se apresuró monseñor a seguir al atribulado feligrés, internándose con él y su criado negro, por la campiña”.
El protagonista de la narración es, esta vez, un clérigo que, según los datos históricos de don Alejo Amaya, corresponde a la persona del licenciado don Manuel Alfonso Carriazo, quien se encargó del curato desde 1763 hasta 1768, año en que tomó posesión del mismo cargo “Agustín Francisco del Rincón (comisario de la Santa Cruzada) por virtud de permuta celebrada con el cura propio de esta parroquia”.
El cronista cuenta que el labriego recomienda dejar la bestia en el alto y seguir la travesía a pie porque el camino es angosto y tupido de rastrojo.
Obedeció el cura la voz del hombre y con sorpresa indescriptible se halló entonces en presencia de una joven desnuda atada a un árbol. El sacerdote ante aquel espectáculo intento retroceder, topándose con el desenvainado machete del campesino, el cual murmuró al religioso: “Esa es mi esposa, pero yo sospecho que me engaña, mejor dicho, estoy seguro… y ella me lo niega, a usted no le negará nada: Confíesela, confíesela ahora mismo, y después usted me dirá la verdad… me la dirá, señor cura, por las buenas o por las malas… y que Dios me perdone.”
Ante aquella amenaza que pendía del afilado machete, el vicario, después de explicarle al rudo hombre la imposibilidad de realizar tal sacrilegio, le persuade para que, tomando sus vestimentas, simule ser un clérigo y de esa manera proceda a realizar la acción. Así pues, ofrece las prendas al ofuscado agricultor, quien acepta de buen grado la fórmula, y comienza a colocarse la sotana. Aprovechando los momentos en que el campesino lucha por ponerse aquel engorroso traje, monseñor se lanza sobre él, derribándolo por el suelo y reduciéndolo a la inmovilidad con la faja de la prenda. Ante el ruido de la lucha, el criado del cura acude presto y, después de asegurar bien al celoso marido, emprenden el retorno a la ciudad llevando consigo al hombre y a la asustada y maltrecha mujer. Este suceso fue recogido por primera vez, por Eustoquio Quintero.
La situación que narra la leyenda no deja de poseer sus visos maravillosos y exagerados que caracterizan lo mítico. Despojándolo, como hemos hecho con las anteriores, de sus características externas, queda al descubierto, en primer lugar, la exaltación religiosa y la valentía de los ministros de Dios, capaces de arrostrar toda suerte de peligros por mantener intacto el secreto de la confesión.
Gracias por valorar La Opinión Digital. Suscríbete y disfruta de todos los contenidos y beneficios en: http://bit.ly/SuscripcionesLaOpinion