Aprendizaje empírico
Una sonrisa brota en el rostro trigueño de Correa cuando relata que él mismo aprendió a fabricar cometas cuando era tan solo un niño de siete años.
Las primeras las hacía para él con hojas de cuaderno, más tarde, para la década de los 70, cuando el azúcar era empacado en bolsas de papel, él las usaba para hacer sus cometas con caña brava, el pegante era el líquido que destilaba el ‘caujaro’ o ‘uvita’, un fruto del que brota una gel semejante al pegamento.
“Bajábamos las pepas, unas nos las comíamos y otras las dejábamos para pegar los palos con los que hacíamos las cometas”, confesó con una sonrisa.
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Con los años y la experiencia obtenida, lo que duraba hasta un día se redujo a tan solo 10 minutos, lo mínimo que tarda para armar una cometa. Los días lunes se dedica a hacerlas y de martes a domingo las saca a la venta.
“Se trae la verada del monte, que es una espiga que brota de la caña brava como un hijo, se cortan los palos, se compra el plástico y se arma”, explicó.
Otras de las cometas en su extensa colección son importadas y las compra en los ‘quinientazos’ para revenderlas.
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Por la competencia, en un día suele comercializar entre 10 a 15 cometas; en un fin de semana, al menos 20. Los precios van desde $5.000 hasta $70.000, las más grandes y que él mismo hace con tela impermeable.
Una tradición que renació con fuerza
El año de incertidumbre causado por la pandemia apagó muchas ilusiones, entre ellas, el tradicional vuelo de cometas en agosto.
Sin embargo, para Correa, como otros vendedores de este artefacto, representa una gran alegría ser testigos del ímpetu con el que adultos y niños llegaron este año a comprar cometas, de todos los tamaños y precios, para volarlas como era costumbre, al ser una diversión familiar.
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Agregó que, gracias a una reciente iniciativa en los colegios en la que se les motiva a los estudiantes a hacer sus propias cometas como trabajo manual, los niños podrán distraerse un poco de la “tecnología que los agobia” y, de paso, fortalecer la tradición.
“Antes, a los seis años los niños ya armaban sus cometas, ya no, pero es bueno saber que la tradición revive. Ver la emoción de los pequeños al venir aquí a comprar una cometa hace que yo mismo me sienta como niño”, comentó.