Tengo cuatro hijos y él era el menor. Los mayores no estudiaron y el tercero logró hacerse profesional. Vivíamos tranquilos, pobremente, pero vivíamos bien, porque yo siempre me he dedicado a alimentar y hospedar estudiantes, de eso dependemos y así logré sacar mis hijos adelante.
El propósito era que al terminar el bachillerato Luisito iba a estudiar de noche en la Universidad y a trabajar de día para costearse los estudios.
Ese fatídico día él iba con su amigo y fue abordado por el señor Luis Alfonso que les preguntó para dónde iban, y como coincidían en la ruta se ofreció a llevarlos. Les dijo, esperen que traiga a mi hija y nos vamos y así sucedió.
Les pidió que primero lo acompañaran a Chinácota porque le iban a pagar una plata y después regresaban al sitio donde debían entregar el pedido de carne.
La niña, de 10 años, hija de Luis Maldonado, cuenta que alcanzaron a ir a Chinácota, donde fueron abordados por los victimarios. Desde allí los trajeron para matarlos cerca de la entrada a Pamplonita. A la niña la mandaron para Pamplona en un taxi antes de cometer la masacre.
Ella llegó a donde las tías y les dijo: Tías, esos hombres se llevaron a mi papá y a Lusito, pero esta noche salen por la televisión y mañana nos los entregan, así como hacen siempre.
Desde ese momento no he tenido vida. Todo el tiempo estoy enferma, me subí de peso, nunca sufría de la tensión y ahora todo el tiempo la tengo alta, sumado al dolor de espalda que es insoportable. Los primeros años de su muerte los pasaba todo el tiempo en el cementerio.
El Iguano me pidió que lo perdonara. El otro responsable, alias el ‘Paisa’, que sería el que cometió el triple crimen, ya está muerto.
Yo le ayudo a la gente, porque como iba a esas diligencias (audiencias judiciales en el marco de la Ley 975 de 2005 llamada de Justicia y Paz) y veía el sufrimiento de tantas personas, me dediqué a trabajar por las demás víctimas, sin tener beneficio por ello, solo la satisfacción de servirle a esas personas, principalmente a los abuelitos, para que los ayuden, no con el objeto de llenarnos de dinero, porque nuestros hijos no tienen precio, sino que reparen en algo todo el daño que nos hicieron.
Él era un niño, muy cariñoso con sus hermanos, con las demás personas y la gente se admiraba de su comportamiento para con quienes se encontraba en cualquier parte y situación. En un viaje a Santa Marta, y estando en un restaurante, le regaló su desayuno a un niño que lo requirió, quedando en ayunas.
El 31 de diciembre de 2000, poco antes de que lo asesinaran, se bañó y vistió una de sus ropas usadas. Cuando le pregunté por qué no se había estrenado la que le compré, me respondió que se la había regalado a Chano (el bobito del pueblo), porque dijo que también él tenía derecho a estrenar. Ese día trajo a la casa a Chano para que se bañara y se vistiera.
El día del velorio, ese señor estuvo con nosotros todo el tiempo, ayudando a atender a las personas que vinieron a acompañarnos en nuestro dolor, como si fuera uno más de la familia.
Eso se lo conté al Iguano, cuando me entrevisté con él, buscando que me explicara por qué me quitó a mi niño, que nunca le hizo mal a nadie. Solo se atrevió a decirme que lo perdone, porque “fue una equivocación”.
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