En este oficio nuestro de contar la vida a retazos, donde la noticia de ayer suele servir hoy para madurar aguacates o envolver el pescado en el mercado, es una rareza encontrar a alguien que se detenga a mirar no el dato, sino el alma que palpita debajo.
En la urgencia de las rotativas, donde el tiempo se mide en cierres y chivas, el silencio es un lujo que pocos se pueden dar. Por eso, tener entre manos Los días sucesivos, el libro de poemas de Cicerón Ángel Flórez Moya, nuestro director consejero en La Opinión, se siente como encontrar un oasis de calma en medio de una manifestación de mediodía.
Al mirar la portada, un dibujo a tinta de un faro que se yergue solitario frente a un mar de trazos nerviosos, uno empieza a entender de qué va la cosa. Porque Cicerón, hombre de prensa curtido en mil batallas de tinta, sabe que dirigir un diario es, en esencia, ser un farero.
Es mantener una luz encendida para que otros no naufraguen en la oscuridad de la desinformación. Pero este libro nos revela que, cuando se apagan las luces de la sala de redacción y el ruido de la ciudad se aplaca, el farero se queda a solas con sus fantasmas y sus esperanzas.
No estamos ante un manual de periodismo, ni ante las memorias de un hombre público. Estamos ante la bitácora íntima de quien ha descubierto que “es posible convertir la soledad en abundante surtidor”. Y vaya si lo es. En estos versos, Cicerón se despoja del traje de director y se nos presenta como un ser humano que observa cómo “se desgranan las palabras como precisas profecías”.
Hay una honestidad brutal en esa confesión. Los periodistas, que tantas veces jugamos a ser profetas del desastre o notarios de la gloria ajena, rara vez admitimos que nuestras propias palabras también buscan, desesperadamente, explicar nuestro propio mundo.
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Leyendo sus páginas, uno siente el “rumbo ondulante con puerta siempre abierta” del que habla el poeta. Es una invitación a entrar en ese “ámbito desde donde también está la vida”, ese rincón sagrado que a menudo descuidamos por estar persiguiendo la coyuntura. Me llama la atención cómo su poesía no grita, sino que susurra; cómo en sus estrofas “zumbaba estrellas y caminos, oídos y distancias”.
Es la mirada de quien ha visto pasar “todo lo que nace y termina” frente a su escritorio, y en lugar de volverse cínico —ese mal que nos acecha a los reporteros viejos—, ha decidido volverse sabio.
Cicerón escribe sobre “la vida fermenta ilusiones como claves de aciertos”, y en esa línea encuentro la justificación perfecta para este libro. En un país donde la realidad a veces supera a la ficción —como aquel día en La Junta donde llovieron plátanos y la gente creyó que era maná del cielo—, la poesía se convierte en el ancla necesaria para no perder la cordura.
Este poemario es, en definitiva, el testimonio de un hombre que “sostuvo el peso de todo lo que fue” y lo transformó en arte.
Los días sucesivos no es solo un título; es una declaración de principios sobre la perseverancia. Es la prueba de que, detrás del periodista que vigila el horizonte desde su faro de papel, habita un poeta que entiende que la verdadera noticia, la que nunca caduca, es la que ocurre dentro del corazón humano.
Bienvenido sea este libro, que nos recuerda que, entre el afán del día y la incertidumbre de la noche, siempre nos quedará la palabra precisa para salvarnos.
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