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Tatiana Andia
La corta vida de Tatiana Andia alcanzó para consagrarla como una pensadora colombiana comprometida con su tiempo. Una académica que no solo enseñaba sociología, sino que la vivía.
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Domingo, 2 de Marzo de 2025

La corta vida de Tatiana Andia alcanzó para consgrarla como una pensadora colombiana comprometida con su tiempo. Una académica que no solo enseñaba sociología, sino que la vivía. Para ella, el método científico no era solo una herramienta para producir conocimiento, sino una forma de interactuar con el mundo y comprenderlo en toda su complejidad. Su impacto en los estudiantes fue inmenso; sus clases no solo transmitían conceptos, sino que inspiraban a pensar críticamente y cuestionar la realidad con rigor y sensibilidad.

Siempre la admiré porque el poder y la gente poderosa le resbalaban. Nunca quiso ser alguien importante o influyente. Su presencia irradiaba calidez; cada persona que se cruzaba con ella recibía una sonrisa sincera y una reflexión profunda, como si en cada encuentro hubiera un pequeño acto de resistencia contra la indiferencia del mundo. Pero su mayor grandeza radicaba en su autenticidad, en su capacidad para vivir sin ataduras a la fama o el reconocimiento.

En la etapa final de su vida, Tatiana, generosa, dejó un regalo invaluable: nos permitió acercarnos, con una franqueza radical, a la experiencia de enfrentar un cáncer terminal. A través de sus escritos, compartió su proceso con una lucidez que desafiaba la enfermedad, mostrando cómo el cuerpo es frágil, pero el espíritu se fortalece cuando se conecta con lo colectivo.

Leí con admiración cada una de sus 12 columnas en Razón Pública y las 7 que publicó en El Espectador. Cada una de sus escritos me dejaba perplejo, como si el cáncer consumiera mis propias células, como si su enfermedad se infiltrara en mis pulmones y mi mente, sumiéndome en el mismo dilema entre el dolor y la resistencia. Sentía su lucha como propia; un recordatorio de la fragilidad de la existencia y de la fuerza que emerge cuando nos enfrentamos a lo inevitable.

En cada una de sus columnas, Tatiana desplegó una capacidad extraordinaria para narrar la vida desde la inminencia de la muerte. Sus reflexiones sobre la existencia resonaban profundamente conmigo, pues compartíamos la idea de que el amor y el disfrute son los pilares que dan sentido a la vida. Esta afinidad con su pensamiento me llevó a intentar emular su franqueza, siempre con respeto por la dignidad de los demás.

Su última columna, titulada “Se acabó la fiesta”, publicada póstumamente en El Espectador, es un testimonio de esa lucidez. En ella, reflexionó sobre los pequeños y grandes placeres que extrañaba debido a su enfermedad y expresó con sinceridad su agotamiento, dejando claro su deseo de despedirse con dignidad.

En “Los hombres que me cuidan”, Tatiana desafió los estereotipos de género al destacar el papel fundamental de su padre y su pareja, Andrés Elías, en su proceso de enfermedad. No desde la narrativa convencional del cuidado, sino desde un reconocimiento genuino de la importancia de estas figuras en su vida. Del mismo modo, en “Mi calendario”, exploró cómo su percepción del tiempo cambió con la enfermedad, comparando su experiencia con el aislamiento de la pandemia y reflexionando sobre una vida medida en citas médicas y visitas de seres queridos. 

La noticia de su muerte me golpeó con la fuerza de lo inevitable, aunque su partida se anunciaba todo el tiempo. En mi mente, la Tatiana que se desvanecía era solo una sombra literaria, una ficción tejida por sus propias palabras, mientras que la verdadera Tatiana, la de carne y hueso, desafiaría al destino y prolongaría su existencia más allá de todo pronóstico.

Pero la vida no concede excepciones, y la muerte, con su paso inapelable, apagó la luz de su fiesta. Porque al final, tanto la vida como la muerte son ríos que nunca se pueden contener.


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