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Petro, el revolucionario que no quiere gobernar
El Estado existe para dar estabilidad a las sociedades modernas. Su diseño institucional no es caprichoso ni burocrático por simple inercia.
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Domingo, 16 de Febrero de 2025

El Consejo de Ministros transmitido en vivo al país produjo sensaciones mayoritatiamente negativas. Si intentó ser un acto de transparencia, lo único que se hizo transparente fue la crueldad del presidente y la forma selectiva en la que cuida a sus amigos. Si intentó ser un ejercicio de rendición de cuentas, fracasó rotundamente: los colombianos no pudimos saber qué se está haciendo para cumplir el plan de gobierno o atender asuntos tan graves como la crisis de seguridad del Catatumbo.

En cambio, fue un espectáculo político diseñado por un presidente que se siente incómodo con las reglas de la institucionalidad y que, en lugar de gobernar, prefiere jugar a ser un líder revolucionario con millones de espectadores como testigos. Petro parece no querer ser el líder de la rama ejecutiva del Estado colombiano; por el contrario, su principal objetivo parece ser acumular likes y views que mantengan al petrismo en carrera para el 2026.

El Estado existe para dar estabilidad a las sociedades modernas. Su diseño institucional no es caprichoso ni burocrático por simple inercia. Se mueve con lentitud porque su propósito es resistir la locura que, cada cierto tiempo, le llega a los pueblos. Las reglas, los procedimientos y las jerarquías no están ahí para frenar la transformación, sino para evitar que el capricho de un solo hombre arrase con todo. Pero para Petro, el Estado es un obstáculo. Él no quiere administrar; quiere sacudir, romper, desafiar. Por eso su gabinete no es un equipo de trabajo, sino una incomodidad con la que debe lidiar. Y cuando esa incomodidad se vuelve insoportable, la expone en público, la humilla y la hace responsable de sus fracasos.

Es cierto que la tecnocracia neoliberal colombiana ha sido un instrumento para la desigualdad y la violencia. Pero eso no significa que se pueda pasar por encima de 200 años de historia republicana y reinventar el mundo desde cero. Petro teme ser como Robespierre, el revolucionario que terminó devorado por la misma máquina de terror que había creado. Sin embargo, lo que vimos en el Consejo de Ministros es que el monstruo ya comenzó a devorar a los suyos. El presidente, que ha insistido en que su gobierno no es revolucionario parece estar atrapado en la peor de las trampas: su incapacidad de construir y su obsesión por destruir.

Este episodio dejó en evidencia una de las grandes paradojas de su gobierno: Petro quiere gobernar sin gobernar. Quiere ejercer el poder sin las restricciones del poder. Quiere la autoridad del cargo, pero no la responsabilidad que conlleva. Prefiere la política del espectáculo antes que la administración pública. Su verdadera apuesta es mantener encendida la llama de la movilización popular, aún a costa de su propio equipo de gobierno. Por eso, en lugar de buscar consensos, elige la confrontación. En lugar de planear estrategias de gestión, construye narrativas para alimentar la indignación de su base electoral. Su gabinete es un mal necesario, no un aliado en la tarea de transformar el país.

El resultado de esta estrategia es un gobierno cada vez más fracturado y un presidente cada vez más aislado. La renuncia de varios ministros después del Consejo televisado no fue casualidad: refleja el agotamiento de quienes han intentado trabajar en medio del caos que impone Petro. Pero lejos de corregir el rumbo, el presidente dobla la apuesta. Ahora acusa a los que se van de traidores, los señala de actuar con “ego sectario” y los responsabiliza de la crisis política que él mismo ha provocado. En su lógica, el problema nunca es él, sino quienes no entienden su visión. Pero la historia es implacable con quienes creen que pueden reinventarla a su antojo.


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