Con el corazón roto, pero sin rencor, la familia de Miguel Ángel Angarita Maldonado no tuvo más remedio que aceptar la muerte del joven, de apenas 19 años. “Dios se lo llevó porque ya había cumplido su propósito”, decían en medio de la velación, realizada en la casa de sus padres.
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En un ataúd blanco, adornado con arreglos florales del mismo color, sus allegados se reunieron para darle el último adiós, antes de que hoy sea sepultado en el cementerio del municipio que lo vio crecer y morir: Villa del Rosario.
Fue en el barrio Antonio Nariño donde se congregaron para despedirlo. En la calle 7N con carrera 11, amigos y familiares vieron su rostro por última vez. Una de las más afectadas era su hermana menor, quien, entre llantos, pedía explicaciones sobre lo ocurrido.
Ayer, 25 de enero, se llevó a cabo una ceremonia a nombre de sus hermanos del grupo Herederos de Dios, colectivo que marcó los últimos años de vida del joven. Este pertenece a una iglesia del barrio, liderada por otro joven, a quien Miguel Ángel acudió en busca de ayuda.
Fue exactamente el 13 de septiembre de 2023 cuando inició una nueva etapa para él, tras reconocer que tenía problemas con el consumo de marihuana, lo que lo estaba alejando de su lado más espiritual.
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Allí, rodeado de otros jóvenes del sector, vivió más de dos años en plenitud. Participó en actividades caritativas con habitantes de calle en Cúcuta, encabezó jornadas de predicación casa a casa y mostró otra faceta de su personalidad al dedicarse a leer la palabra durante las reuniones semanales que realizaban los miércoles.
Cuentan que lo veían más feliz, pero poco a poco comenzó a librar una batalla interna contra las tentaciones, de la cual no pudo salir. Cada vez asistía menos a los encuentros y dejó de participar sin dar mayores explicaciones.
En la intimidad, confesó hace pocos meses que las malas amistades lo estaban influenciando nuevamente a consumir drogas y que, como un joven atormentado por las tentaciones, no pudo decir que no.
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Su último día
Sus horas finales fueron reflejo de ese momento de su vida. Ese viernes, 23 de enero, durante el día, se dedicó a trabajar junto con uno de sus hermanos, quien se dedica a la mueblería. Esos instantes quedaron registrados en el teléfono de su hermana, quien lo grabó por última vez sin saberlo.
Fue durante la jornada laboral cuando lo invitaron a jugar un partido de fútbol esa noche. Miguel Ángel aseguró que iría, pero al caer la noche, cuando su hermano pasó a buscarlo, tomó la decisión que marcaría su destino: no fue.
Argumentando que lo habían invitado a “parchar” en la cancha, optó por tomar ese camino y salir de su casa, pidiéndole la bendición a su madre, como era su costumbre.
En total eran seis jóvenes, reunidos en una de las esquinas de la cancha de tierra que divide los barrios Antonio Nariño y 20 de Julio, aparentemente a la espera de alguien más. En su lugar, llegaron dos sujetos armados que abrieron fuego contra el grupo.
De inmediato, los jóvenes corrieron atravesando la cancha para escapar del ataque. Sin embargo, Miguel Ángel fue quien se llevó la peor parte, pues, según cuentan, corrió en línea recta, a diferencia de los demás, que intentaron esquivar las balas en zigzag.
En total fueron tres los heridos: él; Yeiner Sarmiento, quien recibió un impacto en un brazo, y un tercero, que resultó herido en un pie, pero optó por no presentarse ante las autoridades. Ambos continúan en recuperación.
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Su sueño
Sus allegados no dudan de dos cosas: Miguel Ángel era una buena persona y estaba entregado a Dios. Ese acercamiento final lo llevó a manifestar en varias ocasiones que su sueño era llegar a ser pastor, por lo que aseguran que se fue en paz.
“Hoy despedimos a Miguel, un hombre que desde joven tuvo un llamado claro: predicar y servir. Como muchos, se equivocó en el camino: se dejó influenciar por amistades y terminó en lugares donde no debía. Pero reducir su vida a ese tropiezo sería injusto. Miguel predicó, habló de esperanza y fue instrumento para que otros encontraran a Dios”, manifestó a este medio el líder del grupo juvenil.
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