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Editorial
Mal de nunca acabar
Vienen los recuerdos de cuando fueron levantadas las casetas amarillas que estaban en la calle 12 y otras vías céntricas, lo mismo que el traslado del tradicional Mercado de La Sexta y de otros intentos por el despeje del espacio público.
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Domingo, 26 de Diciembre de 2021

En las calles del centro de Cúcuta el peatón puede encontrarse o, mejor, tropezarse con las mercancías que los almacenes ponen afuera, con los vendedores estacionarios que acordonan los andenes y al ir a cruzar la vía es casi seguro que en esa hilera de obstáculos aparezca una carreta.

Ahí está el duro reflejo de la crisis socioeconómica regional y fronteriza, que viene desde hace muchos años y es la causa principal del fracaso de los planes para la recuperación del espacio público, y mientras esto no se corrija con políticas de empleo y desarrollo, será muy difícil por no decir que imposible, sólo con normas, ponerle fin a esta problemática.

Y no tendrá fin porque está conectado por un cordón umbilical con un modelo que no ha logrado hacer lo suficiente para frenar y hacer retroceder los factores socioeconómicos que impulsan a la gente a lanzarse a la calle a usar el rebusque como forma de subsistencia. 

Vienen los recuerdos de cuando fueron levantadas las casetas amarillas que estaban en la calle 12 y otras vías céntricas lo mismo que el traslado del tradicional Mercado de La Sexta y de otros intentos por el despeje del espacio público que con la cifra de 4.400 vendedores ambulantes en el centro, confirman que nada ha servido.

Hay hasta una Ley, la 1988 de agosto de 2019, ‘por la cual se establecen los lineamientos para la formulación, implementación y evaluación de  una política pública de los vendedores informales”.

Esa norma de nada ha servido, como lo confirma una caminada en Cúcuta por el sector conformado por las avenidas quinta, sexta y séptima, con calles sexta, séptima, octava, novena y décima, en donde pululan las ventas callejeras de toda clase de productos. 

En el artículo cuarto se estipulan toda una serie de acciones como, por ejemplo, la de implementar  alternativa de trabajo formal para los vendedores ambulantes, que sin duda debería de ser masiva, fuertemente apoyada con recursos y planes productivos concretos para que su impacto se evidencie en la disminución real de la ocupación del espacio público. 

Pero indicadores como los  siguientes, dados a conocer por el propio DANE, señalan que se necesita ir más a profundidad, porque acá la pobreza extrema se situó hace un año en 53,5%  y la monetaria en el 20,7%.

Al ponerles a esas estadísticas un rostro y algo que hacer para llevar el sustento diario a casa, se concluye que es un manejo macroeconómico el que debe dársele al caso de los vendedores ambulantes, informales y estacionarios, porque ellos nacen del desempleo, la falta de oportunidades, la desigualdad, la carencia de educación, la crisis del aparato productivo, el desplazamiento y, ahora, la migración.

Para intentar darle un orden a este maremágnum, según la subsecretaría de Concertación Ciudadana, en la zona central los vendedores pueden utilizar un espacio de 1,5 metros de largo, con 60 centímetros de ancho, además de 1,60 metros de alto. Pero esto no se respeta, como lo puede verificar cualquier ciudadano que trate de cruzar por allí.

Las autoridades locales deben ser rigurosas para cuando hagan procedimientos de formalización de quienes por años estuvieron en las calles y se transformaron en emprendedores, que las zonas despejadas no vuelvan a ser invadidas porque de lo contrario todo lo que se haga terminará siendo fallido en la recuperación del espacio público. 
 

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