Se cumplen 26 años de un ataque de la antigua guerrilla de las Farc a Labateca, el cual cobró nuevamente vigencia por la reciente alteración de orden público en ese municipio del suroriente de Norte de Santander.
Que un luctuoso acontecimiento de esa naturaleza que dejó marcas indelebles en las familias de las víctimas y entre la misma comunidad se resalte porque la historia está tratando de repetirse con hechos violentos de diversa índole.
Cinco muertos dejó aquella incursión ejecutada por miembros del frente 45 de las antiguas Farc, entre ellos un bebé de seis meses de nacido y una niña de cinco años, por efecto de las explosiones de los cilindros bomba lanzados contra la estación de Policía pero que terminaron destruyendo viviendas aledañas. El caso ocurrió el 29 de agosto de 2000.
Ahora leímos que a finales de la segunda semana de mayo ocurrió un ataque por parte de integrantes del frente Efraín Pabón del Eln contra miembros del Ejército que hacían control en el eje vial que conduce hacia Saravena (Arauca).
Varias reflexiones surgen en torno a este nuevo episodio que se actúa a manera de una especie de moscardón nos indica la peligrosidad de que se reediten y regresen acontecimientos de esa índole para la seguridad misma de la región.
Entre ella se encuentra la solidaridad con los habitantes de Labateca que no merecen volver a caer en los tiempos aquellos de la violencia desatada. Ya fue suficiente el sufrimiento con lo vivido -por ejemplo- con aquella incursión de principios del presente siglo.
También hay que elevarle el pedido a las Fuerzas Militares para que mantengan e incrementen la operatividad para cuidar zonas como Chitagá, Toledo y Labateca, al igual que trayectos estratégicos: Saravena, Toledo, Chinácota y Cúcuta.
Los nortesantandereanos reclaman porque no se vuelvan a perder territorios por parte del Estado y que la presencia y control de la Fuerza Pública siga siendo permanente para que evitar que se repliquen situaciones tan dramáticas como las ocurridas en el Catatumbo.
Las acciones ofensivas y de restablecimiento de la tranquilidad deben profundizarse para blindar diversas zonas del departamento de las incidencias provocadas por el accionar de las estructuras armadas ilegales.
Estamos frente a otros asuntos como El Zulia, Villa del Rosario o la capital nortesantandereana que han mostrado el desbordamiento de la guerra en el Catatumbo entre el Eln y la disidencia de las Farc, que desde el mismo momento en que estalló fue advertida y se planteó tener la debida acción para evitarla.
Y si continuamos enlazando lo que va ocurriendo en materia de orden público, la quema de tres buses de transporte interdepartamental que cubren la ruta Cúcuta-Bogotá, en la carretera Central del Norte, es signo de que los violentos han intensificado sus maniobras guerreristas.
Teniendo ese ejemplo de que la realidad superó los llamados de alerta, atención y advertencia, hay que pedirle al Gobierno nacional que le dé la atención debida a todas esas maniobras de los factores violentos que persisten en su planes de expansión territorial, con la correspondiente ampliación de sus economías ligadas al narcotráfico, extorsión y el secuestro.
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