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Una cofradía aviesa
Ahora que estamos a punto de elegir un nuevo presidente, los colombianos parecemos anestesiados ante la deshonestidad y la inoperancia.
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Jueves, 21 de Mayo de 2026

Sin ideología alguna u orientación doctrinaria, y sin escrúpulos, llegó al gobierno nacional una camarilla de malandrines cuyo único propósito es apoderarse del poder y las riquezas del Estado. 

Y aunque pareciera que esos dos conceptos son iguales, distan mucho de serlo: Con sombro, quienes auscultan el desarrollo de la campaña electoral han encontrado el doble mensaje de los promotores del candidato oficial, según el cual, con el dinero que sale de las arcas públicas se va a conseguir uno de estos dos objetivos: 

O, bien, ganar las elecciones constriñendo a los electores con sobornos y violencia para continuar el saqueo; o acumular una riqueza suficiente para sobrevivir por fuera del gobierno si llegaran a perder el poder.

Son muchas las informaciones de prensa sobre robos a entidades oficiales de todos los niveles con ministros y otros altos funcionarios encarcelados o prófugos de la justicia. Y aunque se abren investigaciones sobre actos de corrupción que utilizan estrategias nunca vistas antes, en la Fiscalía y en la Procuraduría avanzan con una lentitud desesperante.

Y esto es lo que se sabe porque, además de los desfalcos en Ecopetrol, el sistema de salud, Colpensiones, la Unidad de Control de Riesgos, la Aeronáutica, el ministerio de la igualdad, el Fondo de Adaptación, la Agencia de tierras, y no sé cuántas entidades más de las que ni siquiera se conocen sus nombres, hay unas turbias negociaciones en el otorgamiento de licencias de todo género: En la minería ilegal, el comercio exterior, el medio ambiente, las construcciones... Y todo “a mis espaldas”, tal como quedó para la historia la inolvidable frase del doctor Samper.

Ahora que estamos a punto de elegir un nuevo presidente, los colombianos parecemos anestesiados ante la deshonestidad y la inoperancia que ha invadido al Estado porque el gobierno nacional no se ha preocupado por hacer carreteras rurales; ni autopistas nuevas; ni hospitales; ni escuelas; ni aeropuertos; ni instalaciones deportivas… Nada que valga la pena. Sin embargo, la figura presidencial parece tener una aceptación invariable. ¿A qué se debe este fenómeno?

Es porque, con un frío cinismo, el presidente ha mantenido distraída a la ciudadanía cazando peleas de toda clase; proponiendo ideas irrealizables para embobar al ciudadano, como una constituyente; desafiando a las altas cortes a sabiendas de su despropósito; anunciando un inexistente fraude electoral y otras extravagantes falacias, mientras la corrupción prohijada desde alto gobierno se extiende por toda la administración como una mancha de aceite sobre un pantano. 

Y sus fanáticos seguidores lo defienden asegurando que no lo han dejado ejecutar su engañoso programa, pero no se percatan de que le han sobrado facultades para endeudar irresponsablemente al país; hacer costosos contratos de toda clase; crear y suprimir entidades; nombrar a miles de empleados sin funciones; dictar todo tipo de decretos para gobernar a su antojo… 

Es el presidente que con más rudeza ha ejercido el poder ejecutivo en toda la historia de Colombia, y el que ha disfrutado como ninguno de los lujos propios de millonarios con lo que hubiera podido ayudar de verdad al pueblo necesitado, al que sólo convoca para justificar sus actos delirantes.


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