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(Casi) todo sobre mi madre
Mi mamá creció y fue feliz en una de esas casas grandes de Pitalito (Huila) en un mundo que empezaba a transitar de lo rural a lo urbano que parece sacado de un cuento.
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Miércoles, 20 de Mayo de 2026

Mis padres son de esos hombres y mujeres nacidos en la penumbra del conflicto entre liberales y conservadores, y que crecieron bajo la oscura noche del periodo conocido como La Violencia. Según me cuenta, mi mamá creció y fue feliz en una de esas casas grandes de Pitalito (Huila) en un mundo que empezaba a transitar de lo rural a lo urbano que parece sacado de un cuento. O en eso ha convertido mi imaginación de arquitecto los muy gastados recuerdos de infancia cuando le preguntaba cómo era de niña en esa cotidianidad de la niñez donde mi mamá era el centro de todo.

Mi madre fue el primer adulto que conocí bien y el personaje más inolvidable, que con el tiempo fui descubriendo que aún hay muchas cosas que ignoro de ella, porque se preocupa tanto por nosotros que no dejó que sus problemas o tristezas nos fueran a afectar. Amorosa, cariñosa, cómplice, heroica, abnegada, admirable, símbolo del amor y de la protección, su ejemplo, correcciones y consejos forjaron a la mujer y hombre que somos mi hermana y yo, y esa admirable labor se extendió a miles de alumnos por que fue una excelente docente y aún hoy es la maestra de cada uno de mis días.

Obsesivamente preocupada por nuestra salud, alimentación, educación, los amores, desamores, los trabajos y los sueños, era la última en acostarse y la primera en levantarse para velar por nosotros cada mañana, milagro que repitió incansablemente durante muchos años. Escogió hace más de 60 años no solo ser mamá y ama de casa sino estudiar y enseñar de manera digna y meritoria, sobre todo en aquellas épocas donde solamente el hogar era el espacio reservado a las mujeres.

De niño, cuidó mi sueño, me leía cuentos y a mirar las mismas estrellas que, como ella, siguen ahí. Se preocupó de mis temores y lágrimas y me enseñó con inmensa ternura y valores a ser bueno y feliz. Por qué no había nadie mejor que ella para que me explicara y respondiera con amor porqué se hacía de noche, porqué la luna y las estrellas nos siguen en la carretera o porqué llueve y truena.    

En la casa había libros, revistas, un gato, un perro, pajaritos, matas y un árbol, que pensé que eran casualidad, pero mis padres, los habían puesto ahí, mientras me cuidaban, pero también me dieron libertad para tomar mis propias decisiones sin descuidar que debía cepillarme, lavarme detrás de las orejas y no decir tantas palabrotas.

Yo la trato de imitar en la cocina y tengo sus silencios, pero no tanto su paciencia. Cuando tuve que irme a buscar mi oficio la deje mirándome y cada vez que vuelvo y tengo la fortuna de abrazarla, su mirada tiene la misma ternura y sospecho que yo, sigo siendo su niño, pero con canas en las sienes. Se preocupan, rezan por mí y sus pláticas son mis memorias más valiosas, mientras yo también pienso en ella, distraída pero dedicada. Con razón decía Rilke, que la infancia, los papás y los juguetes que nos acompañaron son nuestra verdadera y única patria. Y a estas alturas que otra cosa puedo hacer que sacarle una sonrisa con mis pequeñas historias, chistes flojos o comprarle algunas pocas cosas o escribirle estas líneas con inmenso amor.

JOSÉ ALFREDO SUÁREZ


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