Hace poco leía con mi hijo los primeros capítulos de Alicia en el País de las Maravillas, especialmente el capítulo II, El mar de lágrimas. Allí despertó en mí un inusitado interés por la identidad, particularmente cuando Alicia se pregunta: «Si yo ya no soy yo, entonces ¿quién demonios soy?». En ese sentido, el País de las Maravillas ya no es un espacio físico subterráneo, sino el entorno digital; el algoritmo actúa como el entramado que desestabiliza el “yo”, forzándonos a una edición constante de nuestra identidad, donde la pérdida de fijeza puede pasar de ser una crisis para convertirse, paradójicamente, en un espacio de resistencia y trinchera.
Esas ediciones del “yo” nos conducen a una suerte de “anamorfismos” identitaria. Pensando en Alicia, podríamos recordar el “abanico del Conejo” como metáfora de los filtros digitales: Instagram, TikTok o incluso las mismas inteligencias artificiales operan bajo una lógica de alteración perceptiva. Ya no nos mostramos; nos “curamos”, nos embellecemos y nos editamos para encajar en el feed, eliminando las huellas de nuestra historia y, en muchos casos, fragmentando también nuestra identidad.
Alicia intenta descubrir quién es observándose en los atributos de otros: los tirabuzones de Ada o el conocimiento de Mabel. Del mismo modo, en el ecosistema del like, la construcción de la identidad contemporánea ya no parece ser un proceso interior, sino un rendimiento indexado a la aprobación ajena y a la métrica. Soy en la medida en que el “Otro” digital me valida. La identidad se convierte así en una experiencia comparativa.
Alicia, en ese capítulo, habla del “intríngulis”; hoy podríamos agregarle el apellido digital: una forma de alienación que, a diferencia de las interpretaciones marxianas ya no se sostiene únicamente en la coerción externa, sino en el impulso voluntario de someterse. Nos convertimos en apéndices de nosotros mismos, en instrumentos de nuestra propia exposición; una forma de autoexplotación digital (diría Byung-Chul Han) donde debemos ser visibles, atractivos y consumibles.
Pero ahí emerge la gran paradoja: en el esfuerzo por construir un “yo” idealizado para la pantalla, el individuo termina experimentando vacío y despersonalización. Ese es, quizá, el verdadero intríngulis; la pérdida de la mismidad aparece cuando el perfil digital reemplaza al sujeto real y provoca la angustia de Alicia: no reconocerse en su propio reflejo: «¿quién demonios soy?».
Frente a esta crisis, la identidad puede convertirse en un espacio de resistencia. Para ello sirve la metáfora del árbol: las hojas y las ramas cambian (el perfil, la interacción y la adaptación al mundo algorítmico), pero la raíz permanece firme porque está anclada a la autoconciencia. Alicia sabe que está confundida, pero no pierde la capacidad de observar; conserva una lucidez crítica: estoy habitando este espacio simulado, pero no soy este simulacro.
Un segundo aspecto es la ética, allí reside la raíz de la intencionalidad. Las plataformas exigen cambiar para agradar; la resistencia consiste en transformarse solo para explorar, aprender o conectar genuinamente, mientras el norte ético permanece intacto. Y un tercer aspecto es la memoria y la historicidad. Alicia se siente extraña, pero recuerda que alguna vez tuvo una gata llamada Dina, recuerda sus lecciones y recuerda su hogar; la memoria funciona entonces como un ancla frente a la disolución del yo.
En ese sentido, abrazar la naturaleza cambiante de Alicia rompe con la predictibilidad del sistema. También implica reclamar espacios no expuestos: el secreto, lo íntimo y aquello que no necesita ser publicado. Así, la confusión de Alicia termina siendo un estado de lucidez; dudar de quiénes somos es el primer paso para impedir que el algoritmo lo decida por nosotros. La resistencia hoy no consiste en salir de la madriguera (un imposible tecnológico), sino en habitarla bajo nuestros propios términos: manteniendo la capacidad de asombro y el cuestionamiento frente a las reglas absurdas del entorno, defendiendo, al final, el derecho a seguir siendo inatrapables.
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