La existencia digna exige una estirpe intelectual, muy romántica, como cuando la niebla baja -lenta- para envolverse en las cumbres de las montañas y asomarse, enamorada y apacible, a un horizonte imaginario.
Y consiste en andar por la ruta del tiempo, sin pies de plomo, con el vuelo libre de las gaviotas oteando el mar, con el andar de un caracol dejando su huella madura, o con el rocío regando una esperanza azul.
En conversar -en silencio- con la voz del destino, o con la luna, de tanta intuición oculta en las sombras y, con el sol, del don luminoso que trasluce la claridad que viene, ahí, anhelante, inconclusa, tras la oscuridad.
En proteger la paz interior y aprender a liberarse de las cosas que pesan, a caminar abrazando el viento, a regresar como la espuma -sumisa- a la orilla, o la levedad de un círculo a su circunferencia total…
Así, el corazón, con su vocación de caminante, inicia una peregrinación por los rincones del alma, con su rumor latente y sabio, y un cortejo de sueños -e ilusiones- que bajan pacientes en cada aurora.
A los recuerdos buenos les da refugio, los teje -con majestad de araña- en un resquicio de los ojos espirituales, como cuando los pelícanos hallan la certeza de su bocado centelleando en las olas bravas.
Y a los inútiles los deja en un recodo, como a las piedras, o los eclipsa, para empezar -de nuevo-, con la serenidad en la memoria (esta vez sin miedo), un proceso vital, visionario…y, ahora sí, vencedor.
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