Cuando empecé a leer el poemario de Cicerón Flórez no pude dejar el libro sino cuando llegué a su última página. Una cadencia inigualable me fue llevando verso a verso para descubrir al poeta desde antes de que naciera y hasta después de sus días.
Sus recuerdos parten de la remota cacería humana en las costas africanas cuando príncipes y reyes viajaban encadenados en el fondo oscuro de los barcos negreros, confundidos con sus propios súbditos, trayendo palabras, dolor y cantos desconocidos para avivar la sangre americana.
Sus pasos lo llevaron a “golpes de palabras” hasta el caluroso valle de Cúcuta - quizás para no olvidar del todo el sol de Condoto - y en sus venas trajo el acento irrepetible de esa mezcla milagrosa que forma la entraña policroma de Colombia.
“Los días sucesivos” es un solo poema que se asoma expectante a su pasado lejano, se solaza en las suertes del amor, espera sin temor el llamado de la muerte y retrata su alma en el espejo de los suyos. Es la versión íntima de su vida transcurrida entre los amigos que ha cultivado y los logros trabajados; de los días azotados por ráfagas de dolor y agobiados por olvidos ingratos; de las noches agitadas por la pasión que ignora a las estrellas; y de tardes frescas en los crepúsculos decadentes en las que no se sabe si allí acuden recuerdos o nostalgias.
El título del libro me sugiere el verso del poeta piedracielista Aurelio Arturo, “…en los días que uno tras otro son la vida…” (Interludio) de su único libro Morada al Sur, y me permite pensar que son dos poemarios densos, telúricos y vitales.
En los años cincuenta del siglo veinte, un cucuteño, Jorge Gaitán Durán, creó con otros intelectuales la revistas Mito, que vino a ser como un viento renovador que abrió las cortinas seculares que arrebujaban la lírica nacional. Él, un gran poeta, dio a conocer las nuevas voces de la poética universal, y ofreció sus páginas a los nuevos escritores colombianos que no tenían espacio en los magazines literarios de la época. En ese momento surgió el otro gran poeta nortesantandereano, Eduardo Cote Lamus, también impulsado por ese viento renovador. Los dos son las voces más sonoras del siglo pasado en el país.
Sin duda alguna, los coterráneos de Gaitán y Cote hemos recibido su influencia, a veces evidente y otras apenas insinuada, pero siempre vigente, que podría llegar a definirse como una escuela. Es el caso de la poesía de Cicerón Flórez en la que se perciben los ecos de esa lírica que modernizó el lenguaje poético, hizo de la metáfora un ideario sin adornos suntuarios y acercó la palabra al entorno íntimo donde coexisten la vida y la muerte.
La edición de “Los días sucesivos” es pulcra y sencilla para invitar al lector a buscar en sus páginas blancas las imágenes que el poeta quiere compartirnos: Un faro aparece en la portada, que no sé si marca un camino o advierte un peligro, y en la contraportada la fotografía del poeta en su oficio de escribir a mano. En conclusión, es un bello libro que entra con pie firme a la historia de la poesía del Norte de Santander.
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