Existe una fascinación casi religiosa entre ciertos sectores políticos y los ideólogos del "control" por la planificación central. Se imaginan sentados en una oficina climatizada, frente a una hoja de cálculo, decidiendo cuánta papa debe entrar a la ciudad, a qué precio se debe vender el tomate y qué margen de ganancia es "justo" para el que arriesga su capital. Es una arrogancia intelectual peligrosa que ignora una realidad básica: la información económica es dispersa, volátil y, sobre todo, está viva.
El planificador estatal cree que la economía es una máquina estática que se puede aceitar con decretos y supervisiones policíacas. Se equivocan. Por estos días en los que el gobierno central evoca controles de precios y solicita procesos para entender márgenes empresariales, recordé diferentes madrugadas en Cenabastos.Primero como productor agrícola lidiando con compradores mayoristas a la 1:30a.m. Después como funcionario público buscando mitigar posibles desabastecimientos durante la pandemia.
En una sola hora recorriendo los pasillos de Cenabastos se aprende más de economía que en mil discursos políticos y manifiestos de justicia social. Allí, entre el olor a pimentón, decenas de colores de frutas y verduras y el trajín de los camiones, se opera una dinámica tan sofisticada como la de Wall Street o la bolsa de valores de Londres. Cada galpón es una terminal de datos donde la oferta y la demanda dictan sentencia en segundos. Los precios fluctúan con la precisión de un algoritmo humano, y los acuerdos se cierran con la palabra, en una simbiosis de confianza y necesidad que ningún burócrata podría replicar.
Cualquier empresario adquiere información en tiempo real. Esa "información de las circunstancias particulares de tiempo y lugar" es el verdadero motor del progreso. El emprendedor no espera una circular del Ministerio para ajustar su logística; lo hace porque el mercado le habla al oído a través de la escasez o la abundancia. Es ese ajuste constante de expectativas lo que permite que, a pesar de las crisis, los estantes sigan llenos.
La supervisión asfixiante y la planeación centralizada no son herramientas de equidad; son frenos de mano al ingenio. Cuando el Estado intenta suplantar al mercado, lo único que logra es cegar los mecanismos que nos indican qué producir y cómo distribuir.
La "justicia social" de oficina suele terminar en góndolas vacías, porque nadie, por más iluminado que se crea, puede planificar la voluntad de millones de ciudadanos que buscan salir adelante en medio de circunstancias que cambian cada minuto.
Hay que darle menos poder a quien nunca ha cargado un bulto y más respeto al que madruga a mover la carga.
Al final del día, el bienestar no nace de una decreto, sino de la libertad de ese empresario que, ajustando sus procesos cada mañana, logra que el tomate esté disponible todos los días.
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