Mientras la Casa de Nariño intenta “tapar el sol con un dedo” ante el polvorín venezolano, la realidad nacional se mueve en una contradicción fascinante.
Las recientes advertencias de la administración Trump sobre posibles sanciones a Colombia —bajo el argumento de que el país sigue “nadando en coca” y flirteando con modelos fallidos— han caído como un baldado de agua fría.
Sin embargo, el país sobrevive, no gracias a las políticas de la “Potencia Mundial de la Vida”, sino al sudor de los que se fueron y al encanto de lo que nos queda.
Hasta diciembre de 2025, Colombia recibió un flujo de remesas superior a los US$12.500 millones.
Es el triunfo de la diáspora: mientras el discurso oficial se empeña en demonizar el capital, son los colombianos en Estados Unidos y España quienes, “sudando la gota gorda”, mantienen a flote el consumo interno.
Estas divisas no son un logro de la gestión Petro; son el salvavidas de millones de hogares que, ante la incertidumbre local, dependen de la “platica” de afuera para cubrir salud y alimentación. Somos un país que exporta talento por necesidad y recibe nostalgia convertida en dólares.
El turismo se ha consolidado como el oxígeno en medio del asfixiante debate sobre la transición energética.
Según ANATO, el sector creció un 4% en 2025, y los ingresos por este concepto rozaron los US$11.344 millones.
Resulta irónico que el Gobierno celebre estas cifras como banderas propias cuando el sector hotelero y de transporte ha tenido que “hacer de tripas corazón” frente a la creciente inseguridad en las vías.
La narrativa oficial nos dice que somos el destino preferido por nuestra biodiversidad, pero la estadística es terca: el 24.7% de los visitantes provienen de Estados Unidos (los mismos a los que el discurso presidencial suele señalar de imperialistas) y un 12.4% de una Venezuela en crisis, cuya sombra se alarga sobre nuestras fronteras.
Llama la atención el ascenso de Cúcuta al cuarto lugar de destinos más visitados, superando incluso a potencias tradicionales.
Pero “no nos llamemos a engaños”: más allá de los arreglos navideños de El Malecón —que ciertamente brillaron en diciembre de 2025—, el posicionamiento de la “Perla del Norte” responde a su rol como válvula de escape y puerto de entrada hacia una Venezuela estancada.
Cúcuta no es solo turismo; es el termómetro de una frontera que hierve mientras Bogotá sigue “tirando línea” desde una burbuja ideológica.
En definitiva, Colombia vive un momento de “luces y sombras”. El país brilla por su gente y sus cifras de servicios, pero camina sobre la cuerda floja de una geopolítica que no perdona la ambigüedad.
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