Democratizar las empresas suena a consigna ideológica o a promesa grandilocuente. Algo así como repartir sin esfuerzo o estatizar sin decirlo. Pero no. En Colombia y en el mundo ya existe una forma legal y voluntaria de democratizar la propiedad empresarial: las bolsas de valores.
La bolsa no es un invento exótico ni algo lejano o exclusivo. Es, en esencia, un mecanismo civilizado para que cualquier ciudadano pueda ser dueño —así sea de pequeñas participaciones— de las empresas que mueven el país y el planeta. Las empresas diariamente proveen bienes y servicios que los ciudadanos consumimos, se adaptan a los entornos cambiantes y generan valor para la sociedad. Por eso tienen ingresos y utilidades. Cuando una persona pasa de ser solo consumidor a ser accionista se gana el derecho a participar de esas utilidades.
La inversión a través de la bolsa debe ser entendida como un vehículo de bienestar para el largo plazo. Como una herramienta concreta para que más personas construyan patrimonio, participen del crecimiento empresarial y mejoren su futuro y el de sus familias.
Iniciar hoy es más fácil y menos costoso que nunca. Abrir una cuenta para invertir ya no requiere trajes, llamadas eternas ni grandes patrimonios. Desde un celular, con montos modestos, cualquier persona puede comprar acciones de empresas nacionales o internacionales, conjuntos de acciones o invertir en fondos colectivos. La tecnología redujo barreras, bajó costos y puso vehículos de inversión al alcance de la inmensa mayoría.
La bolsa de valores también es una forma de alinear los intereses de largo plazo del país con los de los ciudadanos. La inversión es el motor del crecimiento económico, la creación de oportunidades y la reducción de la pobreza. Un país como Colombia necesita que en todos los niveles se promueva la inversión. Que se construyan más vías, más clínicas, más hospitales, más fábricas, más maquinaria, más puertos o más aeropuertos.
Las conversaciones y los incentivos serían diferentes si más colombianos se sintieran partícipes del progreso de las empresas. Ciudadanos accionistas votarían para que existan condiciones que faciliten la actividad empresarial al tiempo que tendría voz y voto dentro de las empresas para que los impactos sociales y ambientales se alinearan con sus intereses y los de sus comunidades.
Por eso necesitamos más empresas en la bolsa y más personas participando en ella. Colombia sigue teniendo un mercado de capitales pequeño para el tamaño de su economía. Demasiadas empresas prefieren seguir cerradas, financiándose solo con deuda o con unos pocos socios, y demasiados ciudadanos siguen viendo la inversión como algo ajeno o riesgoso por definición.
La experiencia de Ecopetrol es ilustrativa. Cuando la empresa vendió acciones al público hubo entusiasmo. Miles de colombianos sintieron, quizá por primera vez, que una gran compañía también era suya. Que su crecimiento no era una cifra lejana, sino algo que podía reflejarse en su propia billetera. Más allá de los vaivenes del precio, quedó una lección clara: cuando la propiedad se amplía, el sentido de pertenencia crece.
Democratizar las empresas no requiere discursos incendiarios ni reformas forzadas. Requiere educación financiera, reglas claras y una invitación abierta a participar. La bolsa es esa invitación. Está ahí, funcionando, esperando más empresas dispuestas a abrirse y más ciudadanos dispuestos a dejar de ser solo consumidores para convertirse, también, en accionistas.
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