Uno no sabe con certeza qué color tuvo su edad en cada año, pero va construyendo un arco iris juntando todo, lo pintoresco, o lo lánguido, como si pintara su porvenir de luz…o de sombra.
Y unos años se van, pero, otros, adquieren aroma de recuerdo y se arraigan en el alma con señales de un buen viento que nos anima, como a los marineros, a izar las velas -y avanzar- hacia el horizonte.
Cada quien posee su propio puerto para ellos, y los recibe, o los despide, con la sensación de estar ante un milagro suspendido, como si quisiera detener -un poco- el ritmo natural de la vida, o del amor.
Son aquellos que se sembraron con semillas de bondad, los gratos, los que parecen siempre una aurora con trinos de pajaritos, o una luz enamorada, similar a una sonrisa bonita asomada a la mañana.
Al fin y al cabo, los años anduvieron a la deriva, tratando de anclarse al umbral de los sueños, para desarrugar su testimonio con ese viejo sentimiento, guardado, que estaba pendiente de un abrazo.
Mientras tanto una mariposa tímida, e íntima, no sabe qué hacer, si volar desplegando sus alas, alegre y vivaracha, o refugiarse en su crisálida para sentir el mimo de un nuevo amanecer en el viento.
En la memoria permanece el sol, dentro de su cúpula de cristal, contando los rumores del destino, a veces con palabras alegres, pero, otras, con rastrojos fugitivos que deben ir al fuego…
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