A la deriva se encuentran los damnificados, ad portas de cumplir tres años de la avalancha que arrasó con cultivos, viviendas, animales, vehículos, acueductos y alcantarillados en la vereda El Tarrita, comprensión rural de Ábrego.
El desastre natural dejó grandes pérdidas económicas, promesas estatales y unos campesinos que claman a gritos alternativas agropecuarias para mejorar las condiciones de vida.
Muchos labriegos en medio de una larga espera regresan a la zona desafiando el peligro para ganarse el pan de cada día. “No hay nada más permanente que lo provisional”, afirman los afectados al censurar los puentes metálicos que se quedaron para siempre, ya que la construcción de un viaducto se quedó en veremos.
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A lo anterior se suma la amenaza persistente desde lo alto de la cordillera donde el Servicio Nacional Geológico no realiza el análisis y monitoreo de la cuenca hidrográfica para evitar una réplica.
Sin reasentamiento, ni ayudas reales
El campesino, de Villa Caro, Guil Jairo Ortiz Mora, lo perdió todo e indica que está cansado de tramitar documentos y sortear las trabas de las entidades gubernamentales para acceder a las soluciones habitacionales. “Por ahí se anuncia la adquisición de un predio para entregar lotes, pero no se vislumbra una fecha definitiva para el desembolso de los recursos destinados a construir las viviendas, ni tampoco programas alternativos para cultivos, teniendo en cuenta la vocación agrícola de la región. Estamos trabajando al jornal para ganarnos la comida”, reportó el labriego quien recuerda cómo la fuerza de la naturaleza se llevó a su paso cosechas, viviendas, medios de transporte, averió carreteras y puentes.
A pesar de los compromisos asumidos por los entes territoriales en el pago de los subsidios de arriendo, los desembolsos son demorados y no alcanza para solventar los gastos en su totalidad, entonces urgen soluciones concretas.
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A raíz del abandono estatal, en su mayoría han retornado a la orilla de la arteria vial para desempeñar actividades informales, mientras los procesos surten efecto en la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo y Desastres, envuelta en escándalos de corrupción, factor que retrasa los trámites.
La fe del carbonero
Las víctimas del fenómeno natural aún guardan las esperanzas de mejorar las condiciones y lograr una vivienda digna en la zona rural, además, la implementación de planes agropecuarios.
El presidente de la Junta de Acción Comunal, Álvaro Jácome Rangel, resalta la buena voluntad del Gobernador William Villamizar Laguado, junto a la UNGRD para pagar los 12 meses de arriendos del año 2026.
“También concretó con el director de la Unidad, Carlos Carrillo, la construcción de 3 puente hamacas y uno vehicular que beneficia las veredas El Tarra y Carrizal. En materia de educación avanzan análisis técnicos para adquisición de predios y reconstruir la sede de la institución destruida por la avalancha”.
Con respecto al reasentamiento humano asegura que los trámites están enfocados a la compra de 52 lotes para igual número de familias priorizadas.
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“Este año se han logrado acuerdos significativos donde la Alcaldía, Gobernación y la UNGRD articulan esfuerzos técnicos y financieros para materializar las obras. Espero como líder que he acompañado las familias en este proceso una materialización de todo lo que se han comprometido las diferentes entidades”, puntualiza.
El dedo en la llaga
Mientras esos procesos marchan a paso de tortuga, un colectivo de abogados entre los que se destacan Álvaro Díaz Granados, Álvaro Ibáñez Sierra y Nicolás Almeida Orozco, piden ante el Tribunal Administrativo de Norte de Santander la reparación por concepto de daños y perjuicios a 122 damnificados por un monto superior a los $85.000 millones para subsanar las pérdidas, pues consideran que hubo negligencia por los entes territoriales municipales de Ábrego y Villa Caro, el gobierno seccional y la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo y Desastres.
El apoderado indica que por ahora solo se anuncia el lote y no se habla de las otras etapas como el presupuesto para levantar las viviendas y desarrollar los proyectos agropecuarios, teniendo en cuenta la vocación agrícola de los afectados.
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“No se han tomado las medidas pertinentes ya que los labriegos siguen observando el agua llena de lodo en época invernal, se puede repetir la catástrofe y la omisión del Estado es permanente”, señala el profesional del derecho Álvaro José Ibáñez Sierra al reclamar celeridad en los procesos.
El trazado de la carretera
No se conoce la evolución de la falla geológica, qué está sucediendo en la parte alta, ni asignación de recursos para obras de mitigación en el cauce.
“Los estudios y diseños no trazaron un rumbo diferente de la vía, sino que se mantuvo por el mismo lugar, pero construyendo un viaducto más elevado, sin precisar las tierras y barreras a una avenida torrencial”, precisa el abogado Ibáñez.
Por su parte el ingeniero civil, José Peñaranda, no comparte mantener la misma línea para la reconstrucción de la estructura. “Hace tres años vengo escuchando las mismas promesas y hasta la fecha no se vislumbra presupuesto para una obra de gran envergadura”, recalcó.
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Mientras tanto los líderes comunales reclaman una mirada hacia la zona afectada y se tomen los correctivos para evitar tragedias que lamentar. “No escucharon el primer campanazo de alerta, con la avalancha ocurrida en el sitio denominado como Flandes de la vereda El Molino de Villa Caro el 10 de noviembre de 2022, cuando 5 personas de una misma familia murieron sepultadas por un alud de tierra. La naturaleza emite las alertas tempranas que los humanos no escuchan a tiempo”, anota Guil Jairo Ortiz Mora, campesino del sector al reclamar acciones contundentes para mitigar los riesgos por las lluvias.
Lo que el agua se llevó
Los habitantes de la zona no quieren que se repita la historia de hace tres años y ser cobijados por la sombra del olvido.
Recuerdan que, a las dos de la madrugada del miércoles 31 de mayo de 2023, sonaron las alarmas comunitarias, no había tiempo que perder, los ribereños salieron corriendo hacia lo alto de la montaña con lo único puesto para salvar sus vidas. Todo estaba consumado, el cataclismo hacía estragos en la cordillera habitada por cultivadores de Villa Caro y Ábrego.
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Sin mirar atrás los campesinos sacan fuerzas de las flaquezas para soportar la pesadilla que aún persiste en la cuenca hidrográfica ante la lentitud del Estado colombiano.
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