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Históricos
Personajes típicos de antaño (1)
Se trata pues, de esos personajes típicos que sirvieron de diversión de las gentes, por sus expresiones extravagantes y sus dichos, ademanes y costumbres exóticas.
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La opinión
La Opinión
Sábado, 21 de Marzo de 2026

Los pobladores de esta cálida ciudad se han destacado, desde el mismo momento en que comenzó a poblarse, por su característico don del buen humor. Han sido usuales las constantes apariciones de personajes y situaciones que de la vida diaria que son explotados sin que sean imaginarios sino que son el resultado de las circunstancias que ocasionalmente se dan en desarrollo de las actividades de la vida diaria.

Tales situaciones y personajes aparecen en la mente y la imaginación de los cucuteños, quienes según mencionan algunos “aquí somos una legión de hombres de bien y pacíficos ciudadanos mamadores de gallo, de acuerdo a la cita de don Luis A. Medina en su libro “Cita Histórica”.

Antes de comenzar esta crónica, quiero aclarar a mis lectores que los personajes detallados en esta narración son diferentes a los enumerados en anteriores escritos, así que constituirán un complemento para aquellas en caso que alguien las quiera agrupar para escribir sobre ellos un documento completo y exclusivo.

Se trata pues, de esos personajes típicos que sirvieron de diversión de las gentes, por sus expresiones extravagantes y sus dichos, ademanes y costumbres exóticas. Son personajes reales, de carne y hueso, nada de personajes imaginarios solo que por fuerza de la costumbre se hicieron leyenda folclórica en el imaginario cotidiano de los lugareños.

Empecemos entonces, en conocer un personaje característico de la política partidista de la época de la violencia, tan común en los pequeños poblados en todo el territorio nacional, pero especialmente en la región de los Santanderes.

Valentín Gómez a quien se decían “el verraco caricortado de Morretón”, un clásico “fefe” político del Liberalismo de la región de Morretón, de esos hombres resueltos a todo como liberal “de tuerca y tornillo” que en épocas de elecciones movilizaba  a los electores de su región a la cabecera municipal de San Cayetano. Unos le decían “don Vale”, otros, coronel Gómez, pero le gustaba más que le dijeran “Coronel”.

El día de elecciones entraba a caballo al pueblo escoltado por los campesinos de Morretón, con su descomunal revólver al cinto, arma que llamaban de “doce” y gritando vivas a su partido y a los liberales de su región. La plancha de los concejales que inscribía siempre resultaba ganadora resultando, por consiguiente, elegido concejal y presidente de la corporación.

Lo característico de este personaje era su comportamiento durante las sesiones del cabildo. Lo particular era su actuación, pues cosas absurdas se le ocurrían tales como cerrar las discusiones sin dar tiempo al debate y declarar “aprebadas” las ponencias; a quienes se oponían les preguntaba: “¿apreba o no apreba? después de sacar su revólver y ponerlo sobre la mesa, diciendo: “este revólver me güele a pólvora”. Estas son sólo algunas de sus múltiples anécdotas, que por razones de espacio dejamos en el tintero.

El siguiente personaje es Gustavo Moros, un conocido joyero de mediados del siglo pasado, maestro en los trabajos de oro y filigrana y quien gozaba de una envidiable situación económica y disfrutaba de la buena compañía de sus amigos. Un buen día y por razones desconocidas, don Gustavo acabó con su joyería y se dedicó a la bohemia convirtiéndose en un beodo empedernido. Gustavo pedía “pesitos” para tomarse un “clarito” como él llamaba el aguardiente y como tenía muchos amigos de la alta y baja sociedad, los tuteaba con familiaridad y en ocasiones encontraba la oportunidad propicia para que le “colaboraran” para su vicio.

Eran los años en que el Café Rialto, frente al Parque Santander, era el punto de encuentro y epicentro de los notables personajes del comercio, la industria y la banca de la ciudad, entre quienes estaban se recuerda a don Pedro Felipe Lara, a los hermanos Isidoro y Augusto Duplat, a don Guillermo Eslava entre otros y quienes eran conocidos como el “Club del Vaso de Agua” por su costumbre de pedir un tinto que costaba cinco centavos y que venía acompañado de un vaso de agua helada.

Allí conversaban desde las siete  hasta las diez de la noche, que era la hora en que se suspendía la tertulia para irse a dormir cada quien a su casa y así todas las noches. Nadie brindaba el tinto, cada quien pagaba su servicio, el señor Lara y los hermanos Duplat eran adinerados y el pobretón era Guillermo Eslava, que era todo un personaje, típico cucuteño y supermamador de gallo de lo más fino y decente. Cierto día se les aproximó Gustavo, lentamente con las manos entre los bolsillos, crujiendo los dientes como era su costumbre cuando tenía ganas de tomarse un trago y no tenía dinero y musitando ¿qué haré para tomarme un trago?

Acercándose a la mesa de los del “vaso de agua” les dice; ¡mis queridos amigos, dichosos los ojos que los ven! ¡Con razón que esté uno tan viejo si tenía tanto de no verlos! ¡Regálenme un peso que estoy que me tomo uno!
Nadie respondió. ¡Ahí están pintados ustedes! Les dice Gustavo. Ninguno le contesta nada. Vuelve y les dice: ¿a que no me adivinan de dónde vengo? Entonces sí al unísono le dicen: ¿de dónde vienes Gustavo?

Vengo de sacar los restos de Pastor Ontiveros. ¿Recuerdan ustedes? El alto y fornido, que no cabía por las calles de Cúcuta. Allá le sobró hueco. ¡Ave Petrus, ave Isidorus, ave Augustus. Moritorus te saluda!

No entendemos ni jota, repuso Pedro Felipe, ¿qué es lo que dices, qué es lo que pasa?.
No es lo que digo ni lo que pasa, sino lo que les va a pasar a ustedes hijos de p…; lo mismo que le pasó a Pastor Ontiveros, les va a sobrar hueco; hasta mañana y feliz noche y se despidió con un viva al partido liberal, sin conseguir con los adinerados señores el pesito para el aguardiente.
En una próxima entrega más personajes cotidianos de la vida habitual de la ciudad.


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