Durante la última década se ha extendido la idea de que la transición energética implicará una sustitución rápida y casi total de los combustibles fósiles por energías renovables. Si bien éste proceso está en marcha, dicha visión no refleja la realidad técnica, económica ni la dinámica histórica del sector energético global.
Lo que se está configurando, en realidad, es un portafolio energético diversificado, en el que convivirán fuentes renovables y no renovables para atender una demanda mundial de energía que continúa creciendo, al tiempo que se incorporan mejoras tecnológicas orientadas a mitigar el impacto ambiental y las emisiones de CO2.
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En éste contexto, el petróleo seguirá siendo una fuente energética fundamental durante muchas décadas. Su relevancia no se limita al transporte, sino que se extiende a la petroquímica, los fertilizantes y múltiples procesos industriales esenciales para el desarrollo económico.
A diferencia del pasado, la industria ha avanzado de manera significativa en tecnologías de exploración, producción, transporte y refinación, lo que ha permitido reducir progresivamente su huella ambiental.
Desde 2014, el mercado petrolero global ha estado marcado por una sobreoferta estructural, que explica los precios relativamente bajos y estables observados en los últimos años. Éste escenario refleja un cambio profundo en la forma como se determina el precio del crudo. La OPEP, que durante gran parte del siglo XX tuvo la capacidad de influir de manera decisiva en el mercado mediante ajustes de producción, ha perdido ese rol dominante.
Hoy, el principal factor de equilibrio del mercado es la producción no convencional de los Estados Unidos. El desarrollo del petróleo de lutitas (shale oil) ha llevado la producción estadounidense a niveles cercanos a los 18–20 millones de barriles diarios, consolidando al país como el mayor productor mundial, muy por encima de Arabia Saudita y Rusia. Este cambio estructural introdujo una mayor elasticidad de la oferta, limitando los picos de precios y reduciendo la volatilidad que caracterizó al mercado en décadas anteriores.
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Como resultado, ni los conflictos en Medio Oriente ni las amenazas de grupos terroristas generan hoy impactos significativos y sostenidos sobre los precios internacionales del petróleo, como ocurrió en el pasado.
En el caso de Venezuela, aun cuando se le atribuyan las mayores reservas probadas del mundo, su situación actual no tendrá efectos relevantes sobre el mercado petrolero global. Más del 70% de dichas reservas corresponden a crudos pesados y extrapesados, de baja calidad y alto contenido de azufre. La recuperación de su industria petrolera requerirá inversiones que diversos expertos estiman en más de US$100.000 millones, además de plazos largos para restablecer su capacidad operativa.
Hace más de una década, con base en el análisis de las crisis petroleras de los años setenta, ochenta y noventa, así como en el impacto del desarrollo del fracking en Estados Unidos, proyecté que el precio del petróleo tendería a moverse en un rango de US$65 a US$80 por barril. La evolución posterior del mercado confirmó esa proyección. Tras la pandemia, la tendencia a la baja volvió a consolidarse y actualmente los precios se sitúan alrededor de los US$60 por barril.
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La conclusión es clara: independientemente de los acontecimientos políticos o geopolíticos, el precio del petróleo tenderá a mantenerse dentro de una banda relativamente estable. Este entorno ofrece previsibilidad para la planeación de inversiones de largo plazo, incluyendo aquellas necesarias para la eventual recuperación de la industria petrolera venezolana.
Lejos de desaparecer, el petróleo continuará siendo, por muchas décadas, un componente central del sistema energético global, integrado a un portafolio cada vez más amplio y tecnológicamente eficiente.
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Segundo Antonio González. Ingeniero de Petróleos con más de 40 años de experiencia en la industria petrolera internacional. Ha ocupado posiciones directivas en grandes compañías multinacionales y fue CEO de una empresa estadounidense que adquirió los activos de Texaco en Colombia. Analista del sector petrolero y energético.