Más de diez meses se cumplieron de aquella crisis humanitaria de dimensiones extraordinarias en el Catatumbo por la expulsión masiva de familias, el confinamiento de otras, los asesinatos, desapariciones, reclutamientos y otras hostilidades contra la población civil.
De la misma magnitud tiene que ser, hoy, el repudio y el rechazo a los culpables directos de mantener encendido el fragor de la guerra en aquella subregión de Norte de Santander, como son el Eln y la disidencia de las Farc.
A las dos agrupaciones armadas ilegales les cabe una responsabilidad que no podrán esquivar por la gran cantidad de víctimas que esta etapa del conflicto armado ha dejado.
Ninguna ha dado muestras de querer ceder y, por el contrario, en su accionar ahora utilizan los drones explosivos al tiempo que han reforzado el número de combatientes y de armamento.
Los secuestros, los asesinatos, las desapariciones, los pueblos fantasma, los campos minados que incluso están dentro de casas abandonadas y los ataques contra la Fuerza Pública, es el cuadro diario que se soporta en aquél territorio.
¿Será que están tan enceguecidos que ni siquiera les permitirán a los catatumberos pasar en tranquilidad las fiestas decembrinas?, es la pregunta que en medio de ese panorama guerrerista que ha dejado más de cien muertos, cifra que impactada por el subregistro puede llegar a ser más alta.
¿Persistirán en mantener sometidas a sus prácticas criminales a estas poblaciones? Desde los campamentos de ambos grupos se espera que haya un acto ‘humanitario’ de suspender las acciones armadas y de asedio contra los pobladores en esta temporada.
Lo único cierto es que por el momento la voluntad de paz no se asoma en ningún rincón y más bien los comportamientos revelan que prefieren el lenguaje de la violencia y del control intimidatorio sobre quieren residen en esta zona del departamento, que solo en el hecho ocurrido en enero dejó a 70.000 desarraigados.
Hay que hacer todos los esfuerzos posibles para contener el desangre, ponerle freno a la volatilidad del orden público y detener la persistente violación de los derechos humanos y del Derecho Internacional Humanitario en esa área.
Es todavía demoledor el recuerdo sobre el estallido de los enfrentamientos armados entre las dos organizaciones que pretenden apoderarse del Catatumbo y dominar todo el negocio de los cultivos de coca y del narcotráfico.
Y cuando se esperaba que el transcurrir del tiempo y la presencia de las tropas del Ejército y la Policía le restara fuerzas a la guerra, eso no ha ocurrido como ya lo hemos visto con los testimonios, denuncias y advertencias de organizaciones humanitarias sobre el persistente escalamiento de los actos de violencia.
Tienen en este momento la oportunidad el Eln y la disidencia de las Farc de extenderles una rama de olivo a Norte de Santander y a Colombia abriendo la puerta a un cese del fuego entre ellos y de las operaciones que afectan a la comunidad, durante diciembre y comienzos de enero de 2026.
Este submundo de la violencia tiene que desmontarse y sus componentes dejar la vía de las armas que hoy no tiene cabida social y política para buscar los cambios y el mejoramiento de las condiciones del país. Los colombianos están hastiados con la inseguridad.
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