Veintiuna con primera: un automóvil de alta gama fue campantemente dejado estacionado, sin importarle a su conductor el haber provocado un monumental trancón porque redujo a un carril el paso de las busetas que desde Los Patios llegan a Cúcuta y de los carros que van hacia la tercera o siguen la marcha por la avenida.
Desde el Canal Bogotá a lo largo de la avenida octava hacia el centro de la ciudad, así como se encuentran muebles de todos los precios y estilos, también hay una abundante oferta de infracciones de tránsito que ante la ausencia de autoridad se convirtió en un elemento natural del caótico paisaje que caracteriza al sector.
¿Conductor con daltonismo?, pueden llegar a preguntar pasajeros, peatones y automovilistas al ver que las busetas se quedan paradas cuando el semáforo está en verde, y no se mueven de ahí durante varios cambios del distribuidor electrónico.
La avenida séptima cargada de busetas que cubren numerosas rutas, cientos de taxis, más los carros piratas y los vehículos particulares dibujan allí un cuadro de velocidad cero, con atascos interminables y un ensordecedor ruido generado por los desesperados conductores que pitan y pitan, para tratar de salir del candente corredor vial citadino. Las calles y avenidas de ciertos sectores del centro, Caobos, barrio Blanco y otros sectores, son tomados como parqueaderos a cielo abierto a ambos lados de las mismas.
Y ni hablar de los motociclistas. Eso merece hasta un capítulo aparte, puesto que por la manera de comportarse en las calles -no todos por supuesto, pero sí muchísimos- deja un sinsabor por la falta de cultura ciudadana que demuestran, al adelantar por la derecha, subirse a los andenes y circular a alta velocidad, ir en contravía, no respetar los semáforos, no usar casco y acomodar hasta dos y tres pasajeros en la motocicleta, con menores incluidos.
En este pandemonio, los automovilistas igualmente llevan su alta cuota de responsabilidad porque dejan el carro o la camioneta en plena calle, mientras van a hacer sus diligencias, contraviniendo las normas que impiden el parqueo e impactando negativamente en la movilidad. Además, un buen número, pese a las fotomultas, siguen hablando por celular mientras manejan y hasta chatean, convirtiéndose en factores de riesgo de accidentes viales.
La mancha amarilla como se le denomina al parque automotor de taxis, por el mismo número de vehículos que están en las calles, cuya cantidad real es el misterio mejor guardado en la ciudad, ya es por sí solo un problema de talla mayor con severo impacto sobre la capacidad de la urbe para soportar la cantidad de vehículos que ruedan por sus calles y avenidas.
Como se ve, en este tránsito trancado que tenemos en Cúcuta, lo que se necesita con urgencia es que la Alcaldía, la Secretaría de Tránsito y la Policía ‘se amarren los pantalones’ y hagan cumplir al pie de la letra y sin favorecimientos a nadie, que en las calles no se puede estacionar ni a uno ni otro lado, que para eso hay parqueaderos y que los dueños y administradores de negocios de toda naturaleza en la zona céntrica deben entender que ni el cliente puede llegar a comprar con carro ni que los comerciantes tienen el derecho de dejar el automóvil frente al almacén, porque la movilidad se afecta enormemente.
Y también es de acción inmediata que los policías de tránsito no les permitan a los choferes de busetas que usen las áreas semaforizadas para buscar y recoger pasajeros.
La combinación de los planes de corto plazo, con las estrategias de mediano y largo plazo hay que empezarlas a ejecutar ya, porque una ciudad urbanísticamente solidaria y acogedora para sus habitantes pasa por un tránsito ordenado y fluido.
