En un cuento de nunca acabar, en el que otra vez Norte de Santander resulta siendo muy afectado, se ha convertido el asunto del uso irresponsable de la pólvora en las fiestas decembrinas, las cuales terminan convertidas en tragedia.
En lo que va corrido de diciembre, Antioquia, Bogotá D.C. y nuestro departamento lideran las estadísticas de quemados con esa clase de artefactos pirotécnicos, que solamente en la noche del 24 y la madrugada del 25 reportaron 12 lesionados en la región.
Antes de continuar, debemos decir que sigue estando esta zona del país en la cima por la ocurrencia de hechos que amenazan la vida y la salud de las personas, como por ejemplo el conflicto armado o el desplazamiento forzado.
Es urgente reflexionar frente a lo sucedido con las noches cargadas de pólvora, puesto que pese a la gravedad de todo lo ocurrido la sociedad no tiene la reacción adecuada para detenerlo y lo que termina ocurriendo es la repetición sin fin de esta clase de delicados incidentes.
Alguien dirá, pero miren los datos que muestran el descenso de lesionados en un 14,8 por ciento en territorio nortesantandereano y que en Cúcuta no hubo ningún niño quemado en la Nochebuena.
Sí, pero esa no es la solución esperada.
Tiene que darse un cambio de costumbres desde el hogar, eliminando el argumento de que Navidad y Año Nuevo sin pólvora no son fiestas, en una extraña consideración de que alegría y sufrimiento deben ir de la mano.
Sería interesante que quienes gastan dinero en fuegos pirotécnicos hicieran cálculos sobre el dinero que literalmente queman y lo compararan con sus proyectos previstos y se hicieran la pregunta: ¿valió la pena el esfuerzo para gastar tan inútilmente esa cantidad de plata ?
Dicha evaluación económica debería ser el primer eslabón dentro del análisis que se haga para demostrar cómo el presupuesto familiar termina afectado al darle prelación a un elemento que bien puede terminar ocasionando una triste eventualidad.
A la luz de una realidad en que existe despreocupación por acatar las recomendaciones y un marcado desdén con las delicadas consecuencias que esto puede ocasionar, debería pensarse en ciertas medidas adicionales, haciéndolas más fuertes.
Una, que quienes permitan que sus hijos menores de edad manipulen pólvora y luego sufran accidentes sean objeto de severas sanciones civiles convertidas en multas más el respectivo trabajo social obligatorio.
Y como si fuera poco, hacerlos cumplir cursos de cultura y comportamiento ciudadano para que aprendan y entiendan de una vez por todas que la pólvora no es ningún juego y que se debe tener en cuenta la urgencia de dejarla definitivamente de lado.
La otra opción que no debería descartarse, teniendo presente que hay suficientes advertencias, es que el sistema de salud pública aplique una tarifa extraordinaria que se pague luego de la atención a los pacientes quemados con pólvora para que sea asumida por los padres o familiares, como una manera de hacerles entender todo lo que provocan los comportamientos inadecuados.
Colombia y Norte de Santander no pueden seguir asistiendo al triste espectáculo de la Navidad y el Año Nuevo con una pólvora descontrolada dejando lesionados a niños y adultos.
Hay que llegar a entender que la pólvora no es tradición ni símbolo de fiesta ni tampoco sinónimo de felicidad. Es todo lo contrario. Significa dolor. Peligro. Lágrimas. Lesiones permanentes y, lo que es peor, hasta la muerte.
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