Pasada la fiesta patria del Grito de la Independencia y al darle una ojeada a todo eso que desde tiempos inmemoriales nos ha agobiado, tenemos que admitir que falta mucho por hacer y actuar para ser realmente libres.
El yugo de la guerra fratricida sigue persiguiendo generación tras generación de colombianos, que siguen siendo víctimas del conflicto armado y de la inseguridad, ambos presentes en ciudades y campos, y hasta con potencial tecnológico como el reciente ataque con un dron cargado con explosivos a una patrulla militar.
Lo complejo de ese yugo son sus aristas del narcotráfico, el microtráfico y las organizaciones mafiosas y del multicrimen llegadas de otros países como el Tren de Aragua y los carteles mexicanos de la droga, al igual que traficantes de personas y bandas criminales.
Aquí en el intermedio surge el extraño y macondiano yugo de la paz que en lugar de ser un camino hacia un futuro estable y de progreso se ha convertido en un escenario de división de la sociedad, en burla porque muchos grupos armados usan el proceso para volverse más fuertes y porque siguen siendo muy ostensibles las debilidades del Estado en esas negociaciones y la persistencia de riesgos graves para la población civil y el poco margen de acción de la Fuerza Pública.
Y ni qué hablar de los yugos de la carestía desatada por el alza mensual de los combustibles, el reajuste de los servicios públicos y el de las tarifas del transporte, que junto con la pobreza monetaria asfixian los exiguos presupuestos y hacen que el hambre agobie. El Programa Mundial de Alimentos, que entre octubre y noviembre del año pasado hizo una evaluación, encontró que 2.1 millones de personas están en situación severa de inseguridad alimentaria y 13.4 millones en una situación moderada.
Otro yugo es la desconexión de los políticos entre sus promesas, cuando son candidatos, y lo que hacen frente a la realidad que encuentran cuando asumen el poder central o local, ocasionando desasosiego y el debilitamiento de los cimientos democráticos, que según el informe que acaba de publicar la Corporación Latinobarómetro, ocho de cada diez colombianos está insatisfechos con su democracia, aunque el 48 por ciento la apoya.
Tenemos el yugo de la corrupción para el cual hasta el libertador Simón Bolívar dejó un castigo extremo, y que desde siempre ha venido creciendo como un cáncer que carcome el presupuesto y los valores éticos y morales golpeando la gobernanza al convertirla en tierra de nadie y donde todo tiene precio.
Hay otro, que también ha hecho mucho daño y es el de la dificultad para la administración de justicia eficaz, pronta, sin sesgos o preferencias y que derrote sus propios fantasmas internos, cuales son el vencimiento de términos y la impunidad.
Dentro de la exhuberante colección de yugos aparecen unos que tienen que ver directamente con el comportamiento de los ciudadanos: falta de civismo, cero urbanidad, violación de las normas de tránsito, intolerancia, irrespeto a la autoridad, xenofobia, homofobia, racismo y contravenciones al Código de Policía y comportamientos violentos e inadecuados contra las mujeres, niños y adultos mayores.
La lucha libertaria contra esos yugos tiene que ser disciplinada, planeada y sin descanso, porque de lo contrario cuando se cumpla otro siglo de aquél 20 de julio de 1810 todo podrá haber empeorado.
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