La consolidación de la democracia, la profundización de la lucha contra la corrupción y la escogencia de los gobernantes locales que esperan los nortesantandereanos, son los asuntos que están en juego en las elecciones del último domingo de este mes.
Por ejemplo, hay que tener presente que en Colombia, hace cuatro años, la abstención en los comicios locales en promedio fue del 39,35%, según el informe que en ese entonces dio a conocer la Registraduría Nacional del Estado Civil.
Que la ciudadanía acuda, en alto número, a las urnas a escoger a sus autoridades más cercanas es una manera de decirles a los elegidos que tendrán una veeduría ciudadana fuerte, así en muchas localidades quede desdibujada o se utilice muy poco cuando llega la hora de la verdad.
Ir a las urnas en la fiesta democrática dominical también significa una opción ciudadana para oponerse a las malas prácticas administrativas, de contratación y de ejecución de los recursos públicos y de cortar de lleno con los grupos políticos que miran el presupuesto como un botín para enriquecerse.
Cuando muchas veces la justicia no actúa con celeridad y utilizando adecuadamente las herramientas que la Constitución y la ley le facilitan, son los votantes con el tarjetón y el bolígrafo los que tienen el poder de la transformación.
Son ellos con su conciencia en el cubículo los que tienen la opción de castigar a quienes incumplieron o se dedicaron a todo, menos que a gobernar, dejando el actual estado de cosas en peores condiciones que cuando lo encontraron.
Por eso está en juego la credibilidad que si es violentada termina en el desencanto ciudadano. Está en juego el desarrollo local, que si queda truncado, ocasiona graves inconvenientes de diversa índole. Si la ética y el cumplimiento de las normas se incumplen, el fantasma de la corrupción sigue imperando y acrecentando poderes que surgen a su amparo.
Todo eso hay que pensarlo al momento de partir hacia el colegio electoral, porque lo que se haga en unos pocos minutos, significará un futuro diáfano o una temporada tormentosa desde el aspecto gubernamental.
Votar es la manera de cumplir el anhelo de lograr el crecimiento y fortalecimiento del municipio o del departamento desde la gobernanza que ejerza la persona a quien se le da esa opción democrática para que lo haga a través del cumplimiento de los lineamientos del programa de gobierno que finalmente se convierte en el Plan de Desarrollo local.
Y el otro asunto es el de los gobernantes que esperan los electores. Esto porque la ética, cuando asuman el mandato popular permitirá establecer si realmente siguen siendo los mismos que se presentaron en campaña o cuando tienen el poder cambien.
Es decir, se volverán distantes. No atienden al pueblo o creen que llegar al máximo despacho municipal o departamental los convierte en unos seres superiores.
Pero hay algo peor. Que al momento de ejecutar lo prometido en la plaza pública, en los debates y en las entrevistas ante los medios, hacen todo lo contrario. Esta forma de gobernar errática conlleva a graves complicaciones y a manejos turbios o a lo que también es igualmente delicado, a la inacción y a la bajísima ejecución presupuestal que en últimas termina siendo un castigo futuro para los entes territoriales en cuanto a la asignación de recursos se refiere.
Hay mucho en juego y por eso, como en el ajedrez, hay que analizar muy bien todas las posibles movidas para siempre tratar de acertar y luego no estar arrepentidos.
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