Sesenta y siete años y 60.000 organizaciones de esa naturaleza operando en el país, por lo menos, son dos cifras muy dicientes sobre las juntas de acción comunal en Colombia, cuya semilla fue sembrada en 1958.
En esta parte del país la representación comunitaria cuenta con 332 JAC en Cúcuta y 1.800 en el resto de municipios de Norte de Santander.
A ese liderazgo comunal de los barrios y veredas hay que cuidarlo, multiplicarlo, fortalecerlo, no dejarlo marchitar y protegerlo de los riesgos que lo acechan.
Todo nació a mediados del siglo pasado. Por el trabajo desarrollado por el sociólogo Orlando Fals Borda, campesinos de la vereda Saucio, en Chocontá (Cundinamarca) se organizaron y construyeron colectivamente la escuela. El Estado, ante esa demostración de organización de base, mediante la Ley 19 de 1958 institucionalizó la acción comunal en el país.
En la actualidad, los comunales son como un cordón umbilical entre los habitantes de los territorios que representan y los gobiernos locales y regionales para que las localidades no sean olvidadas en materia de obras y acciones sociales.
Para eso les corresponde representar y unir a los residentes de un sector específico, con el fin de trabajar juntos en procura del bienestar colectivo.
Además, adelantan la misión de identificar y priorizar las necesidades y problemas más urgentes, para luego plantear a los gobernantes los proyectos a desarrollar para solucionarlos.
Así que las tareas que adelantan las JAC son de inmensa importancia e igualmente ayudan al crecimiento y consolidación de un liderazgo de base de gran valía para la sociedad.
Es que los miembros de las juntas comunales orientan a la comunidad hacia el logro de los objetivos, toma decisiones informadas y representan los intereses colectivos en las zonas urbanas y rurales e igualmente motivan a la participación activa de la ciudadanía.
Ahora también cuentan con la posibilidad de establecer convenios solidarios con entidades gubernamentales y oenegés para obtener recursos y apoyo.
Con esa labor que les corresponde sacar adelante y la consolidación de su representatividad claramente deberían ser las JAC las canteras de la democracia local.
Es decir, que líderes sociales de esa naturaleza que solidificaron su labor en aquellas bases debieran tener la opción de llegar al Concejo dentro de una formación en la que se sepan no solo las carencias sino conocer de primera mano cómo duelen el abandono y las necesidades básicas insatisfechas.
Por todo lo anterior, no debemos hablar de las JAC solamente porque se acaba de celebrar su día, el segundo domingo de noviembre, sino por la trascendencia que tienen para la construcción del país.
Las JAC, además, son un factor esencial para la conformación de una ciudadanía con conciencia crítica y de análisis para que el impulso al desarrollo sea equitativo y, para que también siempre esas voces comunitarias estén presentes en la definición de los planes municipales.
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