Cualquier vivienda en el barrio menos pensado del área metropolitana de Cúcuta puede ser convertida en un microlaboratorio para el procesamiento de entre dos y diez kilos de cocaína para atender la demanda del microtráfico local.
Ese nuevo peldaño en el mundo de la droga asoma dos peligrosos riesgos inminentes tanto para la salud como en el frente de la inseguridad.
Sin que lo sepan, en el patio de alguna vivienda cercana alguna banda puede tener su cocina coquera, la cual solamente dará señales por los olores característicos de los químicos utilizados cuyos gases que desprenden causarán daños a víctimas inocentes.
Ese método surgido del ingenio criminal local les va a llevar un enemigo oculto para la salud de los habitantes que residan en el vecindario donde funcionen esos minilaboratorios fáciles de instalar y desmontar. Los riesgos van desde padecer ceguera, problemas pulmonares y hasta cáncer, como advierten los expertos.
Se trata de nuevos desafíos para las autoridades que según cifras preliminares ya han logrado detectar y destruir al menos una docena de aquellas pequeñas estructuras para la elaboración del alcaloide.
Hay que advertir que esta urbanización de la producción coquera contiene el elemento de aprovechar la pobreza y las difíciles condiciones económicas de las personas para lograr que les faciliten sus viviendas para esa nueva modalidad, en donde el que hace el proceso de transformación de la pasta de base de coca es alguien de la misma casa a quien las bandas le pagan por eso.
Es decir, ahora Cúcuta y los municipios metropolitanos ya no tienen solamente ollas para el expendio de alucinógenos sino minúsculas ‘narcofactorías’.
Lógicamente, tarde o temprano esa práctica va a llegar a convertirse en otro factor de inseguridad contra la comunidad y en el desarrollo de esa práctica criminal de no dejar cabos sueltos como afirman sus integrantes.
No olvidemos que algunas de esas organizaciones delincuenciales han afectado el tejido social amenazando a líderes comunales hecho que bien podría adquirir mayor impacto por efecto de los microlaboratorios.
Pero, además, quienes por ganarse un dinero admiten que en las casas que habitan operen esos laboratorios tienen el riesgo de la extinción de dominio por parte de las autoridades y de perder hasta su libertad como efecto de las operaciones policiales y judiciales contra ese nuevo nivel dentro de la cadena del narcotráfico.
Por lo tanto nos encontramos con una fase en que muchas bandas del microtráfico están dando el paso hacia la pequeña manufactura de la cocaína para luego distribuirla entre sus clientes en la región.
Todo esto evidencia a las claras que la economía ilegal en torno a la cocaína se va haciendo cada vez más fuerte en la región con toda esa clase de transformaciones en la que lamentablemente se busca atrapar a la población vulnerable para que sea como una especie de operaria en la cadena de producción de polvo blanco.
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