Algo está muy mal en una ciudad donde hasta los adornos navideños que se ponen para embellecer determinados lugares son objeto de ataque por parte de personas que actúan como El Grinch, que en este caso no solo es un aguafiestas, sino que al usar antifaz ha cruzado los linderos del Código Penal para convertirse en un ladrón.
La referencia tiene que ver con el robo del cableado de los árboles de Navidad que fueron instalados en los parques Santander y Nacional, uno muy cerca de la Alcaldía de Cúcuta y de la catedral San José, y el otro a pocos pasos de un CAI.
El gobierno local que se acaba de posesionar, debería coordinar en conjunto con la Policía, las secretarías de Educación, Gobierno y Seguridad Ciudadana, la Defensoría del Pueblo y la Personería, una estrategia de corto, mediano y largo plazo en la estructuración de políticas de civismo, convivencia y construcción de un nuevo ciudadano.
Es urgente darle vida al sentido de pertenencia entre los habitantes de la capital de Norte de Santander, bien sea porque nacieron y crecieron en ella o que por motivos de trabajo pasó a convertirse en la patria chica de muchos.
Ese elemento inmaterial, pero realmente precioso en la vida ciudadana, es fundamental para lograr que al residente en este municipio fronterizo le importe, sienta como suyo y entienda que esta socialización e integración con el medio en que desarrolla sus actividades diarias, implicará beneficios para todos, como por ejemplo, el compromiso por tener una Cúcuta todos los días mejor.
El cucuteño raizal y por adopción (de otras partes de Colombia y llegados de Venezuela) tiene que aprender que pequeñas cosas llevan finalmente a formar una ciudadanía preocupada por lo que sucede más allá de la puerta de su casa, trabajo o estudio.
Por ejemplo, entender que si no arrojan un vaso plástico a la calle eso finalmente evitará que las alcantarillas se tapen y cuando llueva se desaten súbitas inundaciones, eso ya incluso ayudaría a trabajar en procura de un ambiente sano.
El cruzar las calles por las cebras y cuando el semáforo así lo permite, es una acción que llevará en razón del poder repetitivo, a que los conductores de vehículos particulares y de transporte público finalmente entiendan que ese espacio no es de adorno, sino reservado para sus semejantes.
Y si el cucuteño alcanzara un nivel básico de civismo y de urbanidad, estamos seguros que se convertiría en un veedor o se apropiaría de los elementos que integran el mobiliario urbano, ayudando a preservarlos y hasta induciendo con su ejemplo a quienes disfrutan actuando vandálicamente contra ellos.
Si el habitante siente y ve a Cúcuta como su hogar, de lógica tendrá una positiva transformación en sus comportamientos, llegando a estar atento para denunciar o impedir todas aquellas acciones que considere nocivas para ‘su casa’, como la comentada arriba, del robo de los elementos que les daban luminosidad a los adornos decembrinos.
Hemos visto que la nueva administración ha dicho que el civismo será uno de sus pilares, razón por la cual es indudable que todos ciudadanos e instituciones tienen que ir de la mano y así borrar para siempre el odioso aviso: “si quiere hacer lo que quiera, váyase para Cúcuta”.
