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Editorial
Ayuda a los colombianos
En nuestro país el hambre podrá azotar a mucha pero mucha gente que no va a contar con los recursos económicos para garantizarles los alimentos a los suyos.
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Domingo, 22 de Marzo de 2020

Luego de que la pandemia dejara de ser una cuestión de película de ficción o de estar muy lejos al otro lado del Atlántico y estar convertida hoy en la peor amenaza contra la humanidad en los últimos tiempos, llegó la hora de la real ayuda del Estado para los colombianos.

Así muchos economistas, calificadoras de riesgo, protectores de la disciplina fiscal y de quienes prefieren primero al mercado que al ser humano consideren que se trata de asistencialismo, inefablemente hay que acudir a esa estrategia en un momento tan delicado como este.

No sería de buena presentación que a una situación como a la actual se le añadiera el riesgo de una hambruna que impacte a miles de hogares en el país, siendo Cúcuta una de las ciudades con mayores riesgos, por los delicados problemas socio-económicos que la aquejan.

La capital de Norte de Santander figura entre las  primeras en el listado de ciudades con mayores índices de desempleo, más  informalidad y pobreza extrema, pero también con un sector empresarial que ha venido siendo golpeado, también, por problemas de diversa índole.

Garantizar las cadenas de abastecimiento no debe circunscribirse, simplemente, a tener abiertas y en operación los supermercados y droguerías, con sus respectivos esquemas productivos, porque no nos digamos mentiras, pero en nuestro país el hambre podrá azotar a mucha pero mucha gente que no va a contar con los recursos económicos para garantizarles los alimentos a los suyos.

Ahí se encuentran quienes viven del famoso rebusque diario, es decir, los por lo menos 6.000 vendedores ambulantes que hay en Cúcuta, los cuales no se encuentran cubiertos por ningún tipo de beneficio. Si ellos no salen a trabajar, no comen y corren el riesgo de quedar en desamparo en la calle porque tampoco van a tener para el arriendo.

Ni qué decir de los desempleados que si en tiempos de normalidad padecían toda clase de inconvenientes para atender las necesidades básicas de sus hogares, ahora en esta calamitosa era del COVID-19 la realidad se les volverá tormentosa en medio de la cuarentena obligatoria que comienza pasado mañana en la noche.

Ahora vayamos a numerosos barrios de la capital de Norte de Santander en los cuales los índices de NBI ya de por sí son lamentables y la pobreza extrema recorre sus calles, es urgente y necesario que el Estado ponga en primera línea de acción la garantía de alimentación a estas personas.

Esa misión no debe ser depositada en instituciones de caridad en la espera de que la gente haga muestras de buen corazón y salga en ayuda de sus semejantes. No. Es responsabilidad en un estado de emergencia como en el que nos encontramos, que la garantía alimentaria sea puesta al mismo nivel de prioridad de la salud, luego hay que disponer todo para que gran parte de la población sea atendida y salvarla de que en casa quede atrapada en medio de dos amenazas.

La vida hay que salvarla por encima de cualquier consideración y en estos momentos de encierro prolongado y obligatorio dentro de esa batalla que libramos contra este enemigo pandémico desconocido, se impone la necesidad de aplicar medidas que vayan más allá de la simple consideración de la ganancia o el capital, asunto que una vez superada esta emergencia, habrá tiempo de solucionar. 

Hoy, más que nunca, cobra vigencia esta máxima del novelista y ensayista, periodista y crítico inglés,  George Orwell: “Lo importante no es mantenerse vivo sino mantenerse humano”.

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