Hay costumbres urbanas que, por repetidas, se nos vuelven normalidad. Y como todo paisaje, dejamos de verlas, de cuestionarlas, de pensarlas. Me refiero, en esta ocasión, a ese fenómeno tan cotidiano como incómodo: el señor del trapo rojo. Ese personaje que aparece, casi como una figura folclórica y aparentemente inofensiva, apenas uno detiene el carro o la moto en una calle donde el mismo Estado dice que se puede parquear. No han pasado dos segundos desde que revisas que no existan señales de prohibido parquear, que apagas el motor, y ya tienes un nuevo “cuidador” improvisado, alguien que, sin pedirte permiso, se adjudica la responsabilidad de vigilar tu vehículo a cambio de un pago que, si no entregas, se convierte en una forma tácita de provocación.
No hay reglamento, ley o acuerdo con él. No hay tiquete, factura, seguro o constancia. Tampoco hay garantía de nada. Ni si el carro amanecerá rayado, ni si la llanta será víctima del rencor callejero. Y, sin embargo, sentimos que hay que pagar. Porque si no lo hacemos, nos arriesgamos a algo peor que perder el espejo: el resentimiento de quien, sin poder legal ni compromiso real, se atribuye el rol de vigilante simbólico de nuestra propiedad privada.
Aquí hay que ser claros: el problema no es la pobreza, sería una contradicción de mi parte no reconocer la exclusión que arrastra a muchos a “rebuscarse”. Nos enseñaron a creer que el rebusque justifica la imposición. Pero una cosa es la dignidad del trabajo informal, y otra muy distinta es el chantaje emocional encubierto. El problema es la naturalización del chantaje. Nos hemos acostumbrado a pagar no por un servicio, sino por evitar el castigo. No por agradecimiento, sino por miedo. No por valor, sino por resignación. Un pequeño impuesto de la informalidad que hemos decidido tolerar, sin darnos cuenta de que ese gesto resignado de sacar una moneda del bolsillo no es solidaridad, sino complicidad con un sistema disfuncional.
Piénselo bien. ¿Qué pasa si su carro sufre un rayón mientras usted está en una reunión? Nada. ¿Y si le roban un espejo? Nada. ¿Y si llega el tránsito y lo sanciona por mal parqueo? Nada. El trapito rojo no interviene, no responde, no responde a nadie. Y si usted, ciudadano que cumple la ley, decide no pagar por esa “nada”, entonces la reacción es de molestia, allí entonces sí aparece su “código de honor”: la ofensa, el reclamo, el gesto malmirado que sugiere que usted no solo es tacaño, sino injusto, desagradecido, un hereje en el culto urbano de la limosna forzada, cuando en realidad es usted el que ha sido engañado, condicionado, intimidado con una sonrisa hipócrita y una mirada que a veces no esconde la amenaza.
Hay lugares donde sencillamente no hay parqueaderos privados, y sí, la calle es pública, y sí, el Código Nacional de Tránsito permite parquear en ciertos espacios. Pero la lógica del “cuidador espontáneo” convierte ese espacio público en un terreno conquistado por la informalidad simbólica: usted parquea, pero le toca pagar por el permiso de facto que alguien se autoimpuso, sin norma ni función. El absurdo de lo cotidiano.
¿Y nosotros? Nos acostumbramos. Repetimos el ciclo. Algunos, incluso, sienten culpa por no dar la moneda. Otros, los más temerosos, ceden para no “buscar problema”. Y así vamos, pagando una cuota emocional al desorden, como si el Estado no existiera, como si la calle fuera tierra de nadie, como si cuidar un carro fuera cuestión de fe y no de institucionalidad.
Lo que me preocupa, en el fondo, no es el trapito rojo en sí. Es la aceptación pasiva de esa figura como parte del contrato social urbano. Es que nos resignamos a que en lo público mande el más rápido, el más avispado, el que se inventa un rol que nadie le pidió y que, sin embargo, todos terminamos validando con una moneda silenciosa y resignada.
No tengo la solución mágica. Pero sí la necesidad urgente de cuestionar. ¿Hasta cuándo vamos a seguir pagando por miedo, por inercia, por evitar un problema? ¿Hasta cuándo vamos a aceptar que lo informal gobierne espacios donde deberíamos exigir legalidad, orden, justicia?
No, el trapito rojo no cuida. No responde. No protege. El trapito rojo solo actúa. Hace la actuación del que cuida para que usted actúe como el que agradece. Un teatro callejero donde los espectadores somos los que pagan, sin saber por qué, ni para qué. Solo por costumbre. Solo porque sí.
Y eso, precisamente eso, debería preocuparnos mucho más.
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