Los desocupados que nos dedicamos a escribir como vicio dulce, solemos patrullar libros o sitios web, persiguiendo palabras, descuerándolas, buscándoles sus máscaras, sus antecedentes, sus metamorfosis. O mientras vagamos por las calles, capturando historias, personajes, gestos, de repente encontramos algo exótico, alguien excepcional, y si tenemos los prejuicios bien ajustados, diríamos que chillan, que no encajan, que son como mosco en leche.
Iba por una avenida comercial, demasiado comercial, pero con andenes generosos, plataneros y palmeras que son más interesantes que las vitrinas, y lo vi. Venía con paso decidido; de mediana edad, barba descuidada, que para los estándares diría que estaba a la moda si no fuera porque llevaba hábito. Una túnica marrón, sandalias y cuando pasó le vi una capucha larga, algo ajada. Un capuchino. Cruzó con un trotecito la avenida y se perdió en la esquina siguiente. De qué me sorprendía, si ese es su vestuario, su uniforme.
Ya en mi mesa de trabajo, me dije que ese podría ser el tema de este artículo y de algún otro: los uniformes. Nos nivelan desde el nacimiento hasta que somos despachados de este mudo cruel. A los bebés de mi época (cuando uno dice “mi época” ¡ay!) los uniformaban con rosado y con celeste aunque le cueste; o de blanco, muy igualitario. Ahora van indistintamente, con teléfono inteligente a la mano.
La palabra viene del latín “uniformis”,de “unis”, único y “forme”, forma. ¡Qué fácil es el latín! Ya en las legiones romanas los soldados lo llevaban, aunque según chismes, iban como podían o como se les daba la gana. Sigo por ahí y avisto otros uniformes. Mentí, sí miro las vitrinas, las que te dictan cómo debes ir. El molde, el patrón a imitar.
“Papá, ya no hay modas”, me dice la hija. Acepto, pero sí hay gente de moda a la quien seguir para aceptarse. Surge un mancito con traje a cuadros; parece que en la lavandería le han puesto un ciclo extremo porque le queda corto en manga y en pernera (como si fuera a cruzar un río) y su cortedad deja ver unas medias con fresas, pues las de chirimoyas están agotadas.
Parece flotar, lleva barba podada en “barbershop”, en absoluta discrepancia con el religioso y no tengo duda de que lo espera otro mancebo, igualito en atuendo, para tomarse un café descafeinado de especialidad. “Non cappuccino”.
Uniformes por todas partes. Colegiales privados y cuerpos de seguridad públicos; se ven muy guapos y guapas, aspirando a galones y estrellas, para ir iguales pero con la jerarquía de por medio. ¿Dónde irá nuestro fraile? Él no aspira a rangos, a ser más. Veo al cartero, a la muchacha que barre las calles, a las azafatas de avión y terrestres, a médicos y carniceros a juego, fumando en la misma plaza. Y el clero.
En mi juventud veía a los curas con sus sotanas o al arzobispo y su boato, y me daba por pensar que debajo había hombres en calzoncillos, iguales al resto. Me voy al otro extremo y encuentro que el primer uniforme patentado en U.S.A. fue el de las conejitas de Playboy.
Corsé, orejas, puños, corbatín, medias y tacones altos. Muy lindas, con su pompón blanco en el pompis. No sé qué pensar. Sí sé qué pensar. Que la gente va como le toca, como quiere o como le incitan. A propósito, el capuchino llevaba el cíngulo, que es una cuerda gruesa atada a la cintura con tres nudos que denotan sus votos: pobreza, castidad y obediencia. Nada que ver con la uniformidad de las calles. Leche en mosco.
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