Cada uno de nosotros lleva un mago adentro que nos esparce, con su ilusionismo, semillas de aventura para sembrarlas en el pensamiento, cultivarlas en un lejano horizonte y cosechar los designios de la providencia.
Y sólo cuando reflexionamos con inspiración de pájaros, la parábola de los sueños se curva hasta descansar en una metáfora del alma y enseñarnos que el tiempo avanza, con o sin nosotros, y podemos ser sus aliados.
Cada momento bello de la naturaleza nos anima a ascender por la inteligencia, trepando escalas de pensamiento que surgen -como estrellas titilantes- cuando halamos las cuerdas azules del silencio sabio.
Así, es posible tupir en el corazón las palabras, los valores y los sentimientos y conformar un escenario apto para ir al otro lado de esa esperanza misteriosa -y seductora- que engendra nuestros anhelos.
Nos hacemos peregrinos del destino, para instituir una dimensión espiritual y resolver la incertidumbre humana, aquilatar nuestros principios e ideales y sentir -plenamente- la esencia de la libertad.
Siendo magos, o niños, los mitos se nos hacen propicios para imaginar qué ocurrirá, percibir los hilos del tiempo que pasan las fronteras sensoriales y, espontáneamente, escuchar secretos ancestrales.
Aprendemos a admirar instantes puros de luz, a ir por los caminos del viento, a colgarnos de las nubes, así como los colores se adhieren a las alas de las mariposas, para dibujar el esplendor de la eternidad.
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