A medida que pasan los días, cada vez más personas acuden al médico con quejas de no poder dormir y, lo expresan muy bien: vengo porque tengo insomnio.
Al parecer, el sueño se está convirtiendo en una tarea difícil para muchos, sobre todo para quienes ya pasan los 45 años. Antes de esa edad no parece haber demasiadas quejas al respecto, a menos claro, que se tenga una dolencia que nos impida disfrutar de la noche, durmiendo.
Pero, a diferencia de lo que podemos pensar, el sueño también necesita aprenderse, y cuidarse, de la misma forma en la que aprendemos a comportarnos en un restaurante o adquirimos buena educación.
Así que, el momento apropiado de esta enseñanza es cuando somos niños, aprendemos a dormir muy bien, casi de manera natural, por eso en las fiestas de los papás se les ve a los pequeños en distintas posiciones, ya descolgados en las sillas, profundamente dormidos.
A medida que vamos creciendo, todavía no se pierde el arte. Generalmente los adolescentes duermen a pierna suelta y más bien, hay que moverlos fuertemente en las mañanas para que se incorporen a la vida diaria.
Nuestro organismo es tan sabio que hace todo lo posible para mantener el equilibrio hacia la salud (homeostasis), porque aun cuando nos levantamos antes del amanecer, nos acostamos tarde, vamos al futbol, música, inglés y todas esas “cosas” cuando somos niños, seguimos cayendo como una piedra al poner la cabeza en la almohada.
Pero en algún momento, después de hacer todo lo posible por “desaprender” lo que al parecer no nos había costado nada, conseguimos ese paradójico objetivo, dejar de dormir como un niño. Sacrificamos las horas de sueño nocturno como si no fueran importantes.
Si hay que hacer un trabajo de la universidad pensamos “bueno, esta noche me dedico a eso” y, empezamos a trasnochar porque consideramos que esas horas no son valiosas para la salud, sino aprovechables para otras actividades, tanto así, que todavía se sigue considerando al que duerme mucho, como una persona floja o perezosa.
El tratamiento para el insomnio tiene varias opciones, por supuesto que están las pastillas, pero la primera línea es modificar todo lo que hacemos para no dormir bien, que resulta ser la tarea más difícil. Las personas dicen: “quiero volver a dormir como antes”, pero en realidad lo que desean es: “quiero seguir haciendo lo mismo de siempre y volver a dormir como antes”.
Así que, cuando la propuesta es, vamos a cambiar la hora de acostarse, los hábitos que tiene antes de dormir, levantarse de la cama cuando se despierta de noche, etc., se dan cuenta que no es exactamente lo que tenían en mente al entrar al consultorio, sino que su médico les dijera algo como: “ya sé por qué no puede dormir, el motivo es…” y de allí en adelante todo volverá a la normalidad sin el más mínimo esfuerzo.
El uso del teléfono durante todo el día es una costumbre nueva, que por supuesto afecta el sueño en la noche, el axioma: se duerme como se vive, tiende a cumplirse en casi todos los casos. En promedio, una persona al despertar ya tiene 48 notificaciones, y la mayoría son desagradables o responsabilidades que debe cumplir, o sencillamente sienten la necesidad de leer y contestar inmediatamente el mensaje, en fin, cada vez más preocupaciones.
Para dormir bien hay que llegar a la cama con esa intensión, relajado y descansado, no lleno de preocupaciones que se han acumulado durante el día. Reconozca sus malos hábitos y procure cambiarlos, muy probablemente su sueño mejorará, sufra de insomnio o no.
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