A los pocos meses de la terminación de la primera guerra mundial, en septiembre de 1945, a principios de noviembre comenzó el proceso de Núremberg contra los responsables de los crímenes cometidos durante la guerra. Hermann Göering era el segundo comandante del Reich y varios otros comandantes fueron inculpados por un tribunal internacional conformado por los países vencedores: Estados Unidos, Francia, Inglaterra y Rusia. Al final fueron declarados culpables, y en algún momento le preguntan a Göering si volvería a cometer todos los crímenes contra los judíos, y no dudó en expresar que sí. El día que fue declarado culpable Göering a la horca, se envenenó con cianuro y ahí terminó la historia.
Hace algunos años había una librería en Bogotá en la carrera 15 con 85 en un café Oma, y en alguna ocasión entra una mujer a leer un libro, y de un momento a otro se queda mirando a la vendedora, la increpa en alemán, le grita y trata de abalanzarse ante la sorpresa de los presentes. Alguien entendió lo que sucedía: la dueña de la librería había sido una antigua jefe del campo de concentración de Dachau, y la mujer que entró era una judía que la había reconocido. Después de la finalización de la guerra el ejército de Israel inició una campaña para encontrar por el mundo a desertores nazis, y otro de ellos fue Adolf Eichmann a quien lo encontraron en Buenos Aires, lo capturaron y lo llevaron y lo juzgaron en Israel. Su error, haber dejado unas fotos con uniforme nazi en el estudio de su casa, y un compañero de colegio de su hija las toma y ahí empezó su captura.
Hace algunos años cuando estudiaba en Francia, estaba en la ciudad de Frankfurt, y encontré un alemán que me ofreció quedarme en su apartamento. Cuando llegamos lo primero que vi fue un gran sombrero mejicano en la sala. Le pregunto al anfitrión del porqué ese sombrero, y me dijo que para él significaba Libertad.
Ahora no recuerdo su nombre, pero se trataba de un alemán que tenía origen judío, que había estado detenido en el campo de concentración de Dachau, y lo tenían listo para enviarlo a Treblinka. La suerte lo acompañó y logró escapar. Me mostró el número de prisionero que tenía tatuado en su antebrazo, y entre las anécdotas que me relataba, me decía que en Dacheau unos oficiales alemanes hacían cantar a los prisioneros el tango “Plegaria”, cuando iban a los hornos crematorios.
En alguna ocasión fui a Berlín con un amigo danés, y dentro de las muchas cosas que me impresionó, además del muro que por aquellos años aún existía, era la cantidad de museos y exposiciones de todo lo que ocurrió en la segunda guerra. Me recuerda el libro de Pablo Montoya “ La sombra de Orión”, que en algunos de sus capítulos hace referencia a que la mejor forma de sanación cuando ha habido una guerra, es la exposición, literatura y poesía sobre lo ocurrido.
Una buena lección para el Catatumbo. Han sido historias tan crueles, que ni aún con el paso de los años se borran las heridas. En alguna ocasión me encontraba en Berlín oriental, y unas amigas alemanas que nos acompañaban se acercaron al muro para despedirnos, y esa sola aproximación produjo en su contra una reacción de los militares que se encontraban en la zona.
El juicio de Nuremberg se adelantó por espacio de un año en esta ciudad. Ahora que es un museo, alcancé a conocer además de las instalaciones, fotos y videos de la época. Las imágenes sobre las atrocidades en los campos, verlas, aún resultan dantescas. Historias de guerra y heridas que aún no sanan.
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