Tal vez pocos recuerdan el plan anunciado por Fidel Castro de atacar a los Estados Unidos, no con armas, pues la superioridad de la potencia era evidente. No. “Vamos a envenenarlos con estupefacientes. Así los podremos destruir desde dentro”, prometió.
Donald Trump es el único mandatario norteamericano que se percató de que la amenaza se estaba cumpliendo. Según la oficina correspondiente, sólo en el año 2024 murieron 100 mil personas en los Estados Unidos por el abuso de drogas. Esas son las muertes que el presidente reclama. Sumando los años desde que Castro anunció tal ofensiva contra el “imperio”, hasta hoy, realmente las víctimas se cuentan por millones. Y como lo advierte el mismo Trump, las cifras millonarias superan a las de las guerras mundiales y a las de muchas otras catástrofes.
Se comprende así el porqué Trump le declaró la guerra al Cartel de los Soles. No a Venezuela como estado ni a su comunidad, sino a la organización narcoterrorista liderada por el usurpador Nicolás Maduro, su ministro del Interior Diosdado Cabello, su ministro de Defensa el general Vladimir Padrino y los dos mil generales con que cuentan las fuerzas armadas venezolanas. Estos militares llevan como insignia de su alto grado un sol en el hombro. De ahí el nombre del Cartel de los Soles. Recuérdese: de Venezuela han estado saliendo toneladas de estupefacientes para los Estados Unidos, y solo Trump se apersonó de la acción ideada por Castro décadas atrás. Los satélites y vasallos del dictador cubano han copiado la estrategia, y así México, Nicaragua, Guatemala, Bolivia, Ecuador y Colombia se han dedicado a los narcocultivos y a exportarlos al país norteño.
Parte el corazón ver seres humanos deambulando por las calles como zombis, repletos sus cuerpos de marihuana, cocaína, morfina y demás tóxicos. Hablo por la mayoría de ciudadanos que experimentamos esa pena. Me llama, por tanto, la atención, el que sea sólo Donald Trump el único político y mandatario en la Tierra al que le duele que le maten a su gente. No conozco a ninguno otro, ni presidente, gobernador, alcalde o líder de partido alguno que sienta la berraquera de Trump y quiera enfrentar a los asesinos de su pueblo incluso dándolos de baja en las narcolanchas sorprendidas rumbo a Norteamérica. U ofreciendo recompensas de millones de dólares para quien los entregue o facilite la captura de los capos para someterlos a procesos judiciales, como en el caso de Maduro y su cuadrilla. Ni siquiera el papa o algún obispo se ha lamentado por los infelices podridos de droga, ni menos condenado a los envenenadores.
De ahí que el señor presidente Donald Trump - todo un señor presidente - haya suscitado tanto respeto nacional y mundial, tanta admiración y tanto apoyo, pues en actos como estos demuestra que ama y cuida a su pueblo.
Que Maduro y sus secuaces sean apresados, o salgan al exilio, o sean eliminados, es una película de nunca acabar. Los consultores contratados por las cadenas de Tv para que digan qué va a pasar no aciertan ni pio. Lo cierto es que la droga que llegaba a los Estados Unidos mermó en un 80 por ciento gracias al bloqueo naval y aéreo frente a las costas de Venezuela y al bombardeo de las narcolanchas. Por ello es hora de que nuestras autoridades pongan sus barbas a remojar.
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