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El pasado martes 3 de febrero, el Salón Oval de Washington fue el escenario de un choque de trenes que terminó en un inesperado "arrunchis" diplomático.
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Sábado, 7 de Febrero de 2026

El pasado martes 3 de febrero, el Salón Oval de Washington fue el escenario de un choque de trenes que terminó en un inesperado "arrunchis" diplomático. La tan esperada reunión entre Donald Trump y Gustavo Petro duró dos horas; un tiempo récord donde, al parecer, pasaron del insulto al idilio. Aunque muchos vaticinaban que la relación histórica se iba a "ir al traste", el comportamiento de ambos sugirió que, entre bomberos, no se pisan la manguera. Petro, en su papel de eterno candidato —porque en Colombia ya no sabemos si gobierna o si sigue recolectando votos para una reelección en cuerpo ajeno—, logró que la tensión se transformara en un guiño de aliados.

En el tire y afloje de la charla, abordaron los "chicharrones" de siempre: narcotráfico, seguridad y cultivos ilícitos. Petro, fiel a su estilo de "lavarse las manos como Pilatos", le explicó a Trump que el campesino es solo el eslabón débil y que los verdaderos villanos son los carteles. Básicamente, le vendió la idea de que en Colombia "el que la hace, no la paga" si es lo suficientemente pobre o lo suficientemente aliado del cambio.

A pesar del hermetismo y de que la prensa mundial especulaba más que un apostador de esquina, el ambiente se relajó gracias al particular humor de Trump. El momento cumbre llegó cuando el magnate, con esa mirada que parece estar tasando un edificio, le soltó a Petro la pregunta del millón: ¿tuvo miedo de que lo capturaran igual que al dictador Maduro? El silencio en la oficina fue tan pesado que se habría podido cortar con un cuchillo, hasta que las risas forzadas de los asistentes rompieron el hielo. Petro, posando de guerrero de mil batallas, se limitó a decir: “Me preguntó si me había asustado... le dije que estoy acostumbrado a la guerra”.

Petro posó de veterano frente a Trump alegando que la guerra es su hábitat natural. Sin duda, una licencia poética admirable para alguien que ha perfeccionado el arte de la 'retirada estratégica' antes de que suene el primer disparo. Al final, parece que su único hábito guerrero es el de narrar combates ajenos como si fueran gestas propias, siempre a una distancia prudente del ruido de los fusiles. Una respuesta muy propia de quien prefiere "morir en la raya" que admitir un susto.

Sin embargo, como "obras son amores y no buenas razones", la duda sobre lo pactado bajo la mesa saltó a la vista el jueves 5 de febrero. Mientras Petro aterrizaba en Bogotá con su habitual discurso de campaña adelantada, los noticieros nacionales registraban la llegada masiva de colombianos deportados desde Estados Unidos. Una coincidencia que dejó a más de uno pensando que, mientras Petro hablaba de paz total en Washington, Trump seguía aplicando la de "al que no quiere caldo, se le dan dos tazas".


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