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¡El liderazgo se construye, no se hereda!
La democracia no necesita herederos automáticos del poder, sino ciudadanos comprometidos que entiendan la política como un servicio y no como un privilegio.
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Miércoles, 4 de Febrero de 2026

En tiempos electorales y de renovación política, una idea suele repetirse con demasiada ligereza: que el liderazgo puede heredarse. Basta con llevar un apellido reconocido, provenir de una familia tradicional en la política o haber crecido cerca del poder para suponer que el camino está allanado. Sin embargo, esta premisa no solo es equivocada, sino peligrosa para la democracia. El liderazgo auténtico no se transmite por la sangre; se construye con hechos, coherencia y trabajo social.

Es comprensible que los hijos, hijas o familiares de líderes políticos sientan interés por la vida pública. La política, bien entendida, es una vocación legítima y necesaria. Incluso, muchos padres sueñan con que sus hijos continúen ese camino. No hay nada reprochable en ello. El problema surge cuando se confunde la oportunidad con el mérito, y se cree que el pasado político de un familiar reemplaza el esfuerzo personal, la formación y el contacto real con la ciudadanía.

Un liderazgo que no se construye desde abajo suele ser frágil. Gobernar o representar no es repetir discursos aprendidos ni administrar una herencia simbólica. Es conocer el territorio, escuchar a la gente, comprender sus necesidades y asumir responsabilidades concretas. Un líder debe saber qué decir, pero sobre todo, debe saber por qué y para quién lo dice. Eso no se improvisa ni se hereda: se aprende caminando, equivocándose, estudiando y sirviendo.

La historia ofrece ejemplos claros. Nelson Mandela no fue un líder por su apellido ni por una herencia política. Se formó en la lucha, en el sacrificio personal y en una profunda comprensión del dolor y la dignidad de su pueblo. Pagó con años de prisión el precio de sus convicciones, y desde allí construyó una autoridad moral incuestionable. Barack Obama, por su parte, no provenía de una élite política tradicional. Antes de llegar a la Casa Blanca fue organizador comunitario, profesor de Derecho Constitucional y senador. Su liderazgo se forjó en el estudio, el debate y el trabajo de base.

Ambos casos muestran que el liderazgo verdadero se edifica con tiempo y coherencia. No se trata de negar los apellidos ni de descalificar a quienes vienen de familias políticas, sino de recordar que ninguna trayectoria familiar exime del deber de prepararse. La democracia no necesita herederos automáticos del poder, sino ciudadanos comprometidos que entiendan la política como un servicio y no como un privilegio.

Decir que el liderazgo se construye y no se hereda no es un ataque, es una invitación. Una invitación a que quienes aspiran a liderar comiencen por formarse, escuchar y trabajar con la gente. A que entiendan que el respeto ciudadano no se exige, se gana. Y a que la política recupere su sentido más noble: ser un espacio donde las ideas, el esfuerzo y la vocación de servicio pesen más que cualquier apellido.

En últimas, un líder no nace: se hace. Y esa construcción diaria es la única herencia legítima que vale la pena dejar.


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