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Cuando la racionalidad económica se topa con el poder dominante
Ochenta años después, el mundo está dividido en tres áreas de influencia, de poder, sometidas al control de las tres potencias dominantes.
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Sábado, 10 de Enero de 2026

Trump está anclado en los Estados Unidos de los años sesenta, mágicos y poderosos, cuando el fragor de la Guerra Fría dividía al mundo entre el bloque socialista controlado y explotado por la Unión Soviética, y el occidente capitalista, con la América Latina, bajo el poder norteamericano, que nos trataba como si fuéramos su patio trasero, como se decía entonces. En esos años, la China maoísta estaba sumergida en su revolución socialista, enfrentada al “revisionismo soviético” al cual acusaba de haber claudicado en hacer la revolución comunista.

Ochenta años después, el mundo está dividido en tres áreas de influencia, de poder, sometidas al control de las tres potencias dominantes, en un mundo fragmentado: el oriente con China, Europa central y oriental con Rusia, y el hemisferio occidental, principalmente el continente americano, que vuelve a ser visto por Washington, como su patio trasero. Los tres actúan, ejercen su poder en “sus territorios” como amos y señores, sin control de nadie. África, históricamente, ha conocido la presencia e influencia europea, adaptándose a las condiciones y posibilidades de un mundo poscolonial, con China buscando posicionarse.

Naciones Unidas fue establecida en la posguerra de 1945, luego de los estragos de la Segunda Guerra Mundial y del nazismo, para garantizar la paz, la seguridad y la cooperación internacional, promover los derechos humanos y la descolonización en África y el Medio Oriente. Terminados los años de la Guerra Fría se agotó su capacidad para lograr esos propósitos.

Hoy la Organización es irrelevante y ninguna de las tres superpotencias está interesada en revivirla. Como no se veía desde el período anterior al despegue y consolidación del capitalismo, en el período mercantilista, reina la ley del más fuerte, con cada uno de los tres superpoderes, ejerciéndolo a su manera. A China, más sutil, le interesa el control y la ampliación de sus mercados y posibilidades de inversión, no el control de territorios, salvo Taiwán. Putin vive inmerso en su sueño de reconfigurar la Rusia de los zares, anexando territorios e imponiendo gobiernos títeres. Por su parte, el sueño de Trump es controlar América, el hemisferio occidental; de ahí su cuento con Groenlandia.

Lo alimenta un nacionalismo imperialista, presente en el subconsciente de los norteamericanos y que Trump explícita en sus planteamientos. Nacionalismo que los lleva a pensar que ellos, los americanos blancos y protestantes (los wasp, white anglosaxon protestant) son los habitantes naturales y legítimos de Norte América, que controlan al hemisferio occidental, olvidando que son, como ningún otro país en la Historia, un país de inmigrantes, pues los nativos fueron diezmados a bala por los colonizadores europeos.

Ese nacionalismo norteamericano, corazón de la propuesta trompista, se cierra al mundo a la par que exige que este se le abra a sus productos e inversiones. Es proteccionista del mercado interno con altas tarifas (“americano consuma americano”) pero aperturista para la colocación de los capitales y productos norteamericanos. Proteccionista hacia dentro de su economía, librecambista para los otros mercados. Una ley del embudo impuesta, no por la lógica, sino por la fuerza del poder dominante.


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