En la solemnidad de la Catedral Primada, Colombia no solo despidió a un senador: despidió a un hombre joven, esposo, padre y soñador incansable. Miguel Uribe Turbay no dejó solo una curul vacía; dejó un vacío en la conciencia nacional. El discurso de su esposa, María Claudia Tarazona, no fue un reclamo político, sino una lección de humanidad: “No podemos seguir dividiéndonos mientras la violencia nos arranca lo mejor de nosotros mismos”.
Sus palabras, llenas de amor y gratitud, convirtieron el funeral en un llamado a la reconciliación. La realidad política no dio tregua. La presencia de expresidentes y líderes contrastó con la ausencia del presidente Gustavo Petro, a solicitud de la familia, evidenciando las fracturas del país. La entrega de la bandera nacional a la viuda fue solemne, pero también un recordatorio: la democracia no debería necesitar mártires para ser defendida.
Habla ahora ese niño que creció entre la violencia. Ese que veía la noche caer temprano, no porque el sol se escondiera, sino porque el miedo apagaba la vida en las calles. Ese niño soy yo. Y hoy siento un dolor inmenso al ver la muerte de Miguel Uribe Turbay, porque sus sueños de construir un país seguro y justo se parecían a los míos: levantar a Colombia con ideas, no con armas; con justicia, no con odio.
Duele ver cómo este país sigue siendo hostil para quien sueña diferente. Nos prometieron paz y oportunidades, pero hoy contamos muertos: entre enero y junio de 2025, asesinaron 89 líderes sociales, 25 firmantes de paz y 97 líderes políticos. En 2024 fueron 173. Y ahora, hasta un senador y precandidato presidencial es silenciado. ¿Qué puede esperar un joven que solo quiere servir a su pueblo? Como hijo de Sardinata, en el corazón del Catatumbo, sé que esta tierra es más que violencia. Es café, cacao, agua pura; montañas llenas de vida y gente que trabaja desde el amanecer. Pero ha sido condenada por la estigmatización y por gobiernos que la recuerdan solo en discursos o campañas. Sardinata sueña, y yo sueño con ella: un municipio donde los niños estudien sin miedo y liderar no sea un riesgo mortal.
La muerte de Miguel Uribe Turbay nos golpea a todos. Nos recuerda que en Colombia las ideas cuestan la vida, que la paz se quedó en el papel y que la violencia sigue escribiendo la historia con sangre. Yo crecí viendo la guerra y no quiero que ningún niño repita esta historia. Pienso en mi región y en otras como el Chocó, donde la miseria arrasa sueños. Este país debe despertar.
El 2026 no es un año cualquiera. Es la oportunidad para cerrar el ciclo de odio y hacer de Colombia el hogar seguro que nos prometieron. No podemos permitir que la indiferencia siga matando líderes, campesinos y jóvenes.
María Claudia Tarazona nos recordó que Colombia necesita menos odio y más humanidad. Que la memoria de Miguel Uribe Turbay sea compromiso real con la vida y la paz. Este es el grito de un hijo del Catatumbo: liderar no debe ser una condena, sino un servicio a la vida.
Gracias por valorar La Opinión Digital. Suscríbete y disfruta de todos los contenidos y beneficios en https://bit.ly/SuscripcionesLaOpinion
