Colombia está en cuidados intensivos. Su respiración política es débil, su economía se desangra lentamente y su seguridad agoniza entre promesas incumplidas. Y mientras tanto, el presidente de la República, Gustavo Petro, habla de liberar Palestina, de salvar Gaza y de detener las guerras del mundo.¿Y quién salva a Colombia, señor presidente?
Es indignante ver cómo el discurso internacional del mandatario busca construir una imagen de “líder global de la paz”, mientras en nuestro propio territorio la violencia crece, los campesinos siguen desplazados, los jóvenes son asesinados y el Estado brilla por su ausencia. La llamada paz total se ha convertido en una promesa vacía, un eslogan político sin resultados tangibles para los colombianos de a pie.
Mientras Gustavo Petro sigue hablando de Palestina y de Gaza, parece olvidar la guerra interna que se vivió a comienzos de este año 2025 en el Catatumbo, o lo que hoy sucede en Arauca, en Cali, en el Valle del Cauca y en tantas zonas rurales donde el Estado nunca ha estado presente. Esas regiones, que representan el corazón más herido de la patria, siguen padeciendo el abandono institucional, el reclutamiento forzado, los desplazamientos y la miseria que los discursos no logran ocultar.
Y mientras el presidente se dedica a ofrecer lecciones de paz al mundo, su narrativa se va tiñendo de populismo y de un claro matiz electoral. No se puede desconocer que muchos de sus pronunciamientos recientes no solo apelan al sentimiento ideológico de sus seguidores, sino que también parecen preparar el terreno para próximas contiendas políticas.
Aquí es donde debe hacerse una reflexión jurídica seria: ningún servidor público puede aprovechar su investidura para promover discursos con fines electorales o de proyección política personal. De hacerlo, podría incurrir en una causal de inhabilidad y, sobre todo, en una falta ética frente al pueblo que lo eligió.
Los seguidores del presidente defienden sus palabras como si fueran verdades absolutas. Pero amar a Colombia no es aplaudir ciegamente; es tener el valor de exigirle al poder que cumpla. El progresismo no debería significar justificar errores, sino corregirlos. No se trata de atacar una ideología, sino de enfrentar una realidad: este gobierno prometió cambio, y lo que entregó fue improvisación, división y un país más débil que antes.
Colombia necesita gobernantes que piensen primero en su gente, no en su imagen internacional. Necesita líderes que defiendan la vida en el territorio nacional antes de levantar banderas en conflictos ajenos. Un presidente debe mirar hacia adentro, no hacia los reflectores del mundo.
Hoy, con dolor, pero también con esperanza, digo que Colombia se respeta y se debe salvar. No podemos seguir permitiendo que el populismo ni los discursos vacíos decidan nuestro destino. Que esta crisis sea el despertar de una nación que no se resigna, que exige coherencia, verdad y liderazgo real. Porque quien no defiende su casa, no tiene derecho a hablar de paz en la casa ajena.
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