El día a día de un patrullero colombiano contado con detalle y sin complejos, desde la formación, los retenes, la camaradería, los abusos que nacen en las escuelas y se replican en las calles, son narrados por Andrés Acosta, quien fue integrante de la Policía Nacional en 'El Peor Policía del Mundo'.
Un libro que se acaba de publicar y donde el autor relata sus vivencias en su permanencia en la institución.
"Escribí este libro por dos razones. La primera de ellas es poder representar —aunque sea en una pequeña parte— el diario vivir del policía y su rol en la sociedad; y la segunda, recordar que en un país en donde no hay ciudadanos ejemplares, no se pueden exigir policías integrales", comenta el autor en el libro.
Son las experiencias de un agente de la seguridad en uno de los países más violentos y corruptos del mundo. "Quiero contarles mi verdad, porque tengo la convicción de que con una cadena de verdades llegaremos algún día a encontrar la paz que hoy más necesitamos: la paz interior", continuó.
Andrés Acosta nació en Villavicencio en 1980. Ingresó a la Policía Nacional de Colombia como patrullero en el año 2003 y se retiró de manera voluntaria como subintendente en 2016.
Mientras vestía el uniforme, y después de cada turno, estudió Derecho en la Universidad Militar Nueva Granada. Su relación con la escritura inició con la redacción de artículos en revistas policiales. Participó en el Taller Distrital de Cuento Idartes y en el Taller de Novela de la Red Relata. En 2021 obtuvo la residencia literaria en Santa Marta, Guion Bajo; fue finalista en el concurso de microrrelatos Bogotá en 100 palabras VI versión, y en 2023 ganó el concurso de cuento Julio Daniel Chaparro de Villavicencio. En 2022 publicó el libro de relatos 'Sala de espera'.
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Apartes del libro
"La consigna de los comandantes era «operatividad y más operatividad». Nos formaban en las mañanas cual robotcitos y nos leían las dichosas estadísticas que teníamos que cumplir mes por mes. Por más que me negaba a creerlo, funcionaban de manera inversa, la delincuencia no tenía que disminuir, sino aumentar. Los números no solo medían el promedio delictivo de la zona, sino también la productividad de cada comandante, es decir, el jueguito era el siguiente: cada vez que llegaba un nuevo comandante tenía que superar la operatividad del anterior, y este debía ser superado a su vez por el entrante.
En esa oportunidad el coronel Polonia tenía que superar al coronel Serrador. Esto se traducía en que debería haber más cantidad de droga incautada, más personas capturadas, más armas decomisadas, más comparendos de tránsito y así sucesivamente, y no disminuir los crímenes y contravenciones como cualquier ciudadano esperaría. Al pasar de los meses las cifras nos asustaban hasta a nosotros los policías. Sin importar el reto estadístico había que dar la cuota de operatividad exigida a cada grupo, de lo contrario, tendríamos anotaciones negativas en los folios de vida, nos alargarían el turno o, peor aún, perderíamos días de la franquicia.
Resultado de esa presión, la arbitrariedad empezó a ganar protagonismo. Salimos dispuestos a capturar a cualquiera que diera papaya. Las contravenciones las convertimos en delitos. Cargamos a los chirretes con droga. Hicimos incautaciones ficticias —de papel—, mezclamos marihuana con césped o estiércol seco de res para que pesara más, realizamos capturas ilegales, allanamientos y registros sin orden judicial.
Fueron épocas en las que los delincuentes obraban mal y nosotros los policías también. Pero más allá de la legalidad de los procedimientos capturamos a verdaderos expendedores e incautamos droga pura. Legalizamos las capturas con la alcahuetería de los fiscales. No nos importaban los derechos del capturado ni el tal habeas corpus, manteníamos personas retenidas hasta una semana en la estación. Todo esto me parecía confuso porque al final de la cacería de brujas caían verdaderos delincuentes, pero también pagaban justos por pecadores”.
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